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Las desgracias de Venezuela son tantas que abruman. La hiperinflación más alta del mundo, destrucción del aparato productivo, dólar oficial 100 veces más barato que el paralelo, desabastecimiento de casi todo, delincuencia descontrolada, corrupción desenfrenada, control militar de la vida pública, aislamiento internacional, desnaturalización y control por el Ejecutivo de todas las instituciones del Estado, violaciones a los derechos humanos y, por si todo lo anterior fuera poco, tienen como presidente a Nicolás Maduro.

Es como si un triunvirato formado por Juan Velasco, Alan García y Alberto Fujimori hubiera estado gobernando Venezuela y, ahora, tuviera que salir adelante con la ecuanimidad de Toledo y el "liderazgo" de Humala.

¿Puede un país asolado por las siete plagas de Egipto (y otras) estar en riesgo de algo peor? Puede.

El 6 de diciembre se van a dar unas elecciones legislativas decisivas. Aun cuando existe un fraude estructural y se usarán todos los métodos vedados para favorecer a sus candidatos, el chavismo va a la derrota en las elecciones, enfrentando a una oposición esencialmente unida en la Mesa de Unidad Democrática.

No solo la lógica, sino todas las encuestas indican que así será. La victoria de la oposición se prevé amplia, por lo que no será nada sencillo ocultar el resultado.

Ni siquiera por el hecho de que los observadores electorales internacionales independientes estén prohibidos de realizar su labor.

Pues, con la prepotencia que caracteriza a Maduro, ya anunció que no respetará los resultados.

Dice el autócrata que, en el "hipotético negado" de que la oposición llegara a ganar, "no entregaría la revolución" y pasaría a gobernar con el "pueblo" y en "unión cívico militar".

La sola afirmación es intolerable. ¿Se aplicará la Carta Democrática Interamericana si Maduro hace lo que planea? ¿La izquierda seguirá describiendo a Venezuela como una "democracia imperfecta"?