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Tan súbita como peligrosamente las elecciones han pasado de ser una competencia por quién gana –salvaje pero legítima–a una discusión sobre quién es el que está haciendo fraude.

La palabra no aparecía desde las elecciones "a la venezolana" que hicieron Fujimori y Montesinos en el año 2000. Desde entonces hasta ahora, todo pudo andar mal, pero nuestras instituciones electorales fueron eficientes y confiables.

Los responsables mediatos del problema, cuándo no, nuestros otorongos, incapaces de hacer reformas electorales indispensables para hacer menos disfuncional y algo más decente nuestra vida política. Por supuesto, también Humala, quien no tuvo mejor idea que esperar a que el proceso electoral estuviese en curso para promulgar la Ley de Partidos Políticos, introduciendo la duda de si esa ley rige o no para estas elecciones. Luego vino Acuña con el abusivo e ilegal uso de sus millones, promoviendo su candidatura con una campaña encubierta de su universidad. Ahora, habiendo comprado votos, su sola presencia en la contienda es intolerable.

Y el problema mayor: la inscripción o no de Guzmán. El tema habría sido irrelevante si se dilucidaba en su debido momento y no cuando está segundo en las encuestas. Hoy nos encontramos con que la mayoría de los que argumentan en favor de que Guzmán se quede, en verdad, lo que quieren es tener un candidato viable para derrotar a Keiko. Si sale Guzmán, gritarán fraude. Al otro lado están quienes tienen la expectativa de que, si Guzmán sale, habrá una nueva repartida de las cartas y tendrán una nueva oportunidad en estas elecciones. Si Guzmán se queda, gritarán fraude.

Muy grave, y el problema no termina el 28 de julio. Mal manejado, allí recién empieza.

Coda: Humala sindicado por recibir coimas en Lava Jato. No me sorprende. Tampoco que pronto se confirmen los indicios que ya hay sobre ex presidentes y alcaldes de Lima.