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De confirmarse su victoria, Pedro Pablo Kuczynski tendría ahora que hacer lo más difícil para un político que gana una elección: un gran ejercicio de humildad. Tiene que darse cuenta de que ganó por haber estado en el lugar correcto en el momento correcto y no por una gran campaña.

Al final, lo que parece será una angustiosa victoria fue resultado de su capacidad de sintonizar con el plural movimiento cívico para que NO gane Keiko (del que me siento parte), que se tornó inmenso al descubrirse que ella cargaba con los mismos vicios del pasado, si es que no peores.

Debe tomar en cuenta, también, que tiene una pequeña minoría en el Congreso. Que incluso aquellos que llamaron a votar por él estarán en la oposición. Que dados todos estos condicionamientos, hay un gran riesgo de que lidere un gobierno débil.

Requiere, por ello, darse cuenta de que el suyo, por naturaleza, tiene que ser un gobierno convocante y lo más amplio posible.

Que tiene que recoger aportes, ideas y cuadros de otros sectores políticos. Que su objetivo no puede ser que su programa de gobierno sea el que se implemente, sino, sin traicionarlo, construir un gran consenso nacional sobre las reformas fundamentales, aquellas sin las cuales el Perú se puede hundir en los próximos años.

Para ello, puede construir algunos consensos de partida. Por ejemplo, hacer una gran reforma política que mejore la credibilidad de los partidos políticos y de todas las instituciones. También, hacer un esfuerzo enorme de mejora en la gestión del Estado, para que esté realmente al servicio de la gente.

Liderar, asimismo, un efectivo shock contra la delincuencia que incluye necesariamente una reforma profunda de las instituciones del sistema penal, así como un plan nacional de prevención. Y al mismo tiempo, crear condiciones para un desarrollo económico más vigoroso que, a la vez, le daría un mayor oxígeno político.