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El papa Francisco viene describiendo lo que pasa con el ISIS y, en general, con la violencia en el norte de África, el Cercano Oriente y Europa, como una tercera guerra mundial, escenificada por trozos. Los espantosos atentados en París, el atentado frustrado ayer en Hannover y las amenazas de repetir lo mismo en Washington D.C. confirman que las cosas van para peor.

No podemos ser neutrales ni refugiarnos en las "causas estructurales" para relativizar responsabilidades. Creo que frente a tamaño fanatismo (en chiquito y local lo vivimos con Sendero Luminoso) solo cabe la condena, firme e inequívoca. En esto hay que estar del lado de Occidente, así como del lado de los cientos de millones de musulmanes moderados que repudian a ISIS y de los miles que buscan refugio en Europa, huyendo de la devastación.

Es verdad que Occidente ha cometido en el pasado cercano y en la historia lejana errores y horrores. Para empezar, el detonante reciente de esta situación fue la equivocada, abusiva y contraproducente invasión de Iraq por George W. Bush, luego del 11 de setiembre.

Por supuesto que se pueden encontrar explicaciones, injusticias y abusos que explican situaciones como esta y para ello nos podemos remontar al origen de la humanidad. Pero, ante la situación concreta, hoy en el siglo XXI, debemos estar del lado de la democracia y no de quienes quieren que Dios gobierne. No podemos tolerar a quienes les niegan todos los derechos a las mujeres o asesinan a los homosexuales. No podemos aceptar que los monumentos milenarios sean destruidos por no ser los suyos.

Es con la fuerza, la inteligencia y sin abdicar de las libertades (tan duramente conseguidas) que se debe combatir implacablemente este nuevo flagelo. Es cierto que al hacerlo se pueden cometer muchísimos errores (que, encima, alimentan al monstruo), pero solo en sociedades libres aquello se puede discutir, corregir y sancionar.