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Depende. En el colegio, a los no demasiado estudiosos nos sonaba como un número mágico que nos alejaba del jalado y hasta se parecía a una buena nota. Pero 13 de 100 es un resultado impresentable. Ese es el que obtiene el presidente y su esposa en la última encuesta de Ipsos. La aprobación de Ollanta Humala es ya menor a la que tenía Toledo a estas alturas de su gobierno, récord que parecía imposible de batir. Y Toledo venía en subida, mientras que Humala parece poder bajar más.

Nunca un gobierno ha tenido tanto dinero para gastar en favor de la población. Una parte se ha malgastado en la Policía sin articularse a estrategias que funcionen. Pero, a la vez, hay mucha plata bien invertida. Han aumentado significativamente el gasto en educación con buenos proyectos. Tenemos más programas sociales que nunca, que llegan a más gente y que están bien gerenciados. Se construyen obras gigantescas, como la Línea 2 del Metro y miles de kilómetros de carreteras. De hecho, varios ministros tienen aprobaciones superiores en 10 puntos a la del presidente, y el de Educación casi triplica su cifra.

Claramente, la desaprobación es por lo que hacen o dejan de hacer las cabezas políticas. A saber, la abrumadora falta de liderazgo del presidente y la combinación de ambición, impericia y soberbia de la primera dama.

No se puede gobernar un país con eficiencia cuando se está dedicado, casi exclusivamente, a una defensa desesperada, leguleya y contradictoria de la primera dama, entre otros, en el tema de las famosísimas agendas, cuya autoría ya casi nadie pone en cuestión.

Faltan aún siete meses para las elecciones y diez para que dejen el poder. El equilibrio es difícil: ser firmes en la denuncia de lo incorrecto y, a la vez, sostener en el poder a quienes parecen haber ya tirado la esponja. Lo que resta de este gobierno va a estar marcado por la desazón y la incertidumbre.

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