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De camino al abismo

“Si un país está lleno de personas que creen que todo se cae a pedazos, eso es exactamente lo que termina pasando: nadie invierte, nadie apuesta”.

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Mijael Garrido Lecca
Mijael Garrido Lecca

Cuando Macbeth mató al rey Duncan para hacerse del trono de Escocia, el remordimiento y la culpa empezaron a conducirlo a la locura. Una noche, su mujer, Lady Macbeth, –en una de esas líneas de Shakespeare que dibujan el alma en una frase– lo consoló diciéndole que “es menor un peligro real que un horror imaginario”. Muchas veces imaginar los horrores futuros resulta peor que los miedos reales y presentes. Y empuja a que lo imaginado se vuelva real.

El presidente puede decir cuantas veces quiera que se ha iniciado un camino a la reconciliación. Puede, incluso, creérselo. Pero lo ocurrido, con formas canallas y sus silencios cobardes, ha abierto una caja de heridas, enemistades y rencores que nos ha arrastrado hasta aquí: a este aire enrarecido en donde nadie sabe hacia dónde va el país y la idea reprimida de que –sí pues– todo es una mierda ha vuelto a aflorar. Ese es el riesgo más grande que hoy enfrentamos.

Hay una crisis huracánica sacudiendo a la clase política. Y podría cobrar más bríos cuando el señor Barata diga finalmente a quiénes compró mientras la tensión desatada por la percepción de trueque –indulto por libertad– sigue creciendo. Pero, de nuevo, no está allí el inicio posible de la que podría ser una nueva tragedia. El origen, como en toda tragedia, está en que los horrores que imaginamos nos impidan luchar contra los peligros que ya corremos.

La decepción y la arcada que los peruanos sentimos al ver el culto a la cutra en el que la política se ha convertido revientan los pilares de la república: el Estado de derecho y la tolerancia. Ese es el reto más grande que el presidente debe enfrentar. Si un país está lleno de personas que creen que todo se cae a pedazos, eso es exactamente lo que termina pasando: nadie invierte, nadie apuesta. Más lejos todavía, nadie confía. Y acabamos en una carretera que dirige al abismo.

No tengo idea de cómo es que el gobierno podría revertir el destino náufrago que parecemos haber aceptado como inexorable. Tampoco sé si podrá lograrlo. Su torpeza y falta de transparencia han generado todo esto, azuzadas por una oposición tirapiedra y apandillada. Aunque pienso que quizá la reconciliación del señor presidente deberá empezar por el espejo.

Porque el tiempo no se detiene y los horrores que se imaginan son cada vez más feroces y cercanos.

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