(Foto: AFP)
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Pese a los esfuerzos del Banco Central de Reserva, el dólar sigue disparado hacia las alturas. Es cierto que en estos momentos el fenómeno alcista es global, pero si a ese brinco planetario, coyuntural, le añadimos el paisaje político peruano, lo que debería extrañarnos es que el dólar no se haya ido más lejos aún.

En vísperas de unas elecciones presidenciales que no auguran nada bueno, debido, desde luego, a las extravagantes propuestas de los candidatos que hasta ahora dominan la contienda y a la anunciada fragmentación del voto, la ciudadanía, ya bastante golpeada por la pandemia y la crisis económica, ahora debe enfrentar, además, una tendencia alcista en el cambio que afecta directamente el día a día de las amas de casa y los gastos domésticos. Los precios en los mercados de abastos y la bodega de la esquina han empezado a cambiar de manera significativa.

La espantada del dólar, que está rompiendo récords en nuestro medio, después de años de relativa estabilidad, tiene los nervios de los mercados locales en punta.

El barco que hizo agua en el Canal de Suez agitó la cuadrícula cambiaria internacional por el impacto que esto tuvo en el precio del petróleo. Pasará el pánico, sin duda, y la divisa norteamericana seguramente se reacomodará en los estándares habituales que imponen los mercados.

En el Perú, en cambio, el billete verde seguirá dando saltos, pues los aspirantes al sillón de Pizarro no parecen dispuestos a contenerse: abundan las promesas antitécnicas y demagógicas y el rechazo a rubros estratégicos de inversión como la minería y la agroindustria, sin analizar que si se contrae la inversión minera o se afecta la competitividad agroexportadora, caerán los ingresos por exportaciones y el dólar se disparará más.

Los candidatos deberían, como se dice, “amarrar el perro”, y ser más sensatos, pues este brote descontrolado de demagogia está afectando el bolsillo de todos los peruanos. Y eso que ni siquiera han llegado a Palacio.


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