Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo

“Es una desgracia tratar las urgencias con la calma del forense: el paciente se nos muere. El arte de gobernar es tomar decisiones, con responsabilidad”.

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. (Getty)

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. (Getty)

César Luna Victoria
César Luna Victoria

Un médico encorvado sobre un cuerpo busca la causa de su muerte. Analiza y concluye que fue, digamos, un envenenamiento. Es el médico forense. Otro médico ve que una mujer convulsiona sobre la camilla. El sonido de los aparatos indica que está muriendo. Los auxiliares esperan instrucciones para intervenir. Debe decidir ya mismo qué sustancia inyectar para estabilizarla. Es el médico de urgencias. Son los mismos profesionales con actitud distinta, porque hay una gran diferencia. El cadáver ya está muerto y seguirá muerto; en cambio, la señora en urgencias no quiere morir. Esa diferencia hace que el forense tenga el tiempo del mundo para evaluar hipótesis y hacer interconsultas; en cambio, el de urgencias debe decidir en segundos y asumir riesgos, porque la muerte le gana. El trabajo del forense es importante para saber si fue suicidio o asesinato; y para administrar justicia y liberar a un inocente o condenar a un criminal. Aun más, la experiencia del forense permite conocer más y mejor de anatomía y eso ayuda al de urgencias. Pero salvar vidas no es comparable.

Como los médicos, también hay países forenses y países de urgencias. El nuestro es forense. El discurso del presidente de esta semana reitera que le interesa luchar contra la corrupción y fortalecer las instituciones. Es decir, investigar de qué morimos en el pasado reciente y evitar que volvamos a morir de lo mismo. Nadie dice que no. Saber la verdad permite hacer justicia y ser más dignos. Pero las urgencias existen y de eso no dijo mucho. Dijo que este año creceremos 4% del PBI y será difícil, lo de Las Bambas reduce expectativas a menos de 3% y bajando, porque aparecemos como un país sin autoridad y la inversión privada va a disminuir. Dijo que la pobreza se ha reducido en 1%, pero como se mide monetariamente, es suficiente incrementar subsidios.

La pobreza solo se elimina con trabajo y no lo hay, porque no hay prioridad en mejorar la competitividad de las empresas (infraestructura e innovación), ni la de los trabajadores (educación y capacitación), ni reglas creativas para reducir la informalidad. La anemia infantil pasa a un segundo plano solo porque la denuncia un candidato a prisión preventiva, pero sigue allí, dañando, sin programas de nutrición ni de salud. La lista continúa.

Es una desgracia tratar las urgencias con la calma del forense: el paciente se nos muere. El arte de gobernar es tomar decisiones, con responsabilidad, con lo que se tiene, asumiendo riesgos. Ahora, no en el
bicentenario.

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