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Por obvias razones lo que ocurre en México nos toca muy de cerca y ese espejo nos conduce a la depresión cuando no a la desesperación. La posibilidad de convertirnos en un Estado cuyas instituciones están penetradas por el narcotráfico y puestas a su servicio no parece lejana: el caso Orellana no es sino la punta del iceberg de una compleja red que utiliza las instituciones estatales para su vergonzoso beneficio.

Pero quizá deberíamos mirarnos también en el espejo de España y el reflejo sería menos agobiante. Con niveles de corrupción similares a los nuestros –que incluyen a la familia real, dicho esto sin alusiones a nuestra propia realeza– ha sido capaz de generar un movimiento como Podemos, que trae vientos de regeneración a la política peninsular.

La propuesta de Iglesias y sus jóvenes seguidores no es principalmente ideológica. Como ha dicho Rafael Mayoral, miembro de su Comité Político, quieren "ocupar la centralidad del tablero dirigiéndose a la mayoría social en un amplio proceso participativo que permita expresarse a la ciudadanía". Como es lógico, sus adversarios directos del Partido Socialista los tildan simultáneamente de extremistas y de haberse apropiado de su programa de gobierno.

"Este es un país en descomposición", han señalado –respecto a México– escritores, intelectuales y artistas en la Feria del Libro de Guadalajara. No es el caso peruano, pero va camino a serlo si no nos indignamos lo suficiente ante la ineptitud policial, la lenidad judicial y la incapacidad de la Fiscalía para perseguir y sancionar los delitos de corrupción. Si a eso le añadimos el empeño con que, desde los más altos niveles del Estado, se pretende dificultar (cuando no impedir) la investigación de amigos y parientes, nos daremos cuenta de que tenemos sobradas razones para indignarnos. Solo faltan los jóvenes que enarbolen las banderas de la regeneración. ¿Dónde están?