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No votaré por un candidato que no se muera de ganas de ponerse todas las plumas, ponchos, llicllas, cushmas y maskapaychas que le regalen porque el pueblo se los entrega con todo cariño y no importa cuán ridículo se vea en las fotos.

No votaré por un candidato que no sea capaz de probar masato, suri a la parrilla, tócosh, tripulina, cebiche de criadillas, sarza de patas y seco de gato si es menester porque –ante una cultura distinta– uno siempre debe estar dispuesto a hacer todas las concesiones, porque adonde fueres, haz lo que vieres.

No votaré por ningún pobretón arribista ni por alguien que esté casado o casada con uno o con una.

No votaré por un candidato que haya necesitado colgarse de la pacharaca popularidad de las estrellas de la farándula para intentar trepar algunos puntitos en las encuestas.

No votaré por un candidato que tenga como única promesa de campaña la cadena perpetua sin beneficios. Si la única idea de progreso que se te ocurre es encarcelar al prójimo por el resto de sus días, no eres un candidato, eres un peligro público. Y un imbécil, además.

No votaré por un candidato que les niegue entrevistas a los periodistas que le caen mal solo porque lo critican o no piensan igual que él.

No votaré por ningún payaso que necesite subestimar la inteligencia de sus votantes con disfraces de peluche, cancioncitas chicha o rap, vedettes con el poto al aire y demás cojudeces por el estilo.

No votaré por un candidato que haya insultado a sus rivales menospreciándolos por su edad, su origen, su género o su apariencia.

No votaré por un candidato al que vea rodeado por los mismos pendejos oportunistas que ya rodearon a los presidentes anteriores.

No votaré por un candidato borracho o drogo. Todo bien con los borrachos y los drogos, simplemente no quisiera subirme nunca a la combi que ellos manejen.No votaré por un posero pomposo que se pase la vida jactándose de su entrañable amistad con los grandes personajes de la cultura universal o que se adorne engolando la voz, hablando en difícil y con citas a pie de página.

No votaré por un candidato que carezca de actividad intelectual y que nunca haya publicado –si no libros- por lo menos artículos, ensayos, columnas en los que demuestre tener ideas propias para que estas puedan ser confrontadas por los lectores/electores.

No votaré por un candidato que no sea capaz de explicarnos en palabras sencillas cuál es su oficio y cómo ha hecho hasta el día de hoy para ganarse la vida honradamente.

No votaré por ningún dadivoso padrino cebo que se granjee la aceptación de la gente regalándole artefactos eléctricos, víveres, cajas de chela o –tanto peor– dinero en efectivo. No hay lealtad más deleznable –y más endeble– que la que se compra de tan dudosa manera.

No votaré por un candidato que nunca en su vida haya hecho voluntariado, que no haya chambeado por los pobres, los niños, los ancianos, los enfermos, los presos, los desplazados, que no haya hecho –en el pasado– auténtico activismo para defender los derechos por los que nos promete pelear en el futuro.

No votaré por ningún racista. No votaré por ningún cucufato. No votaré por ningún machista.

No votaré por un candidato que siga creyendo en la peligrosa idea de que hay peruanos legítimos e ilegítimos, que la sangre tiene nacionalidad.

No votaré por un candidato que salga a los medios a hablar mal de personas a las que antes apoyaba, con las que antes se abrazaba o trabajaba codo a codo.No votaré por ningún lobbista ni por alguien que esté rodeado de los mismos viejos y angurrientos lagartos de toda la vida.

No votaré por un candidato con amores o amigos traicionados.

No votaré por un candidato que tenga deudas o, peor aún, que les deba dinero a personas que trabajaron lealmente para él.

No votaré por un candidato que se haya portado como un patán con las damas, con sus subordinados, con el mozo del restorán, con los corresponsales de provincias. Dime cómo te comportas con los más débiles y te diré quién eres. No votaré por ningún preso.

No votaré por un candidato que necesite sacar a los Cristos en procesión ni escudarse en el berrinche apocalíptico de los curas.

No votaré por ningún viejo corrupto que ande tratando de resucitar su corrupta carrera fustigando a la corrupción nueva.

No votaré por un candidato que haya estado en contra de la pena de muerte y ahora esté a favor, que haya estado en contra del aborto y ahora esté a favor –o viceversa–; no votaré por nadie que cambie de principios de la noche a la mañana, según soplen los vientos.

No votaré por un candidato que se niegue a aparecer en público con su pareja por muy poderosas que sean las razones que tenga para hacerlo.

No votaré por un candidato homofóbico porque no puedo darle mi confianza ni mi apoyo a una persona que siente desconfianza y rechazo hacia mí.

No votaré por un candidato que se llene la boca con la cantaleta de que defiende la vida y la familia, porque esos que tanto juran predicar la vida y la familia siempre acaban siendo los más conchasumadres.

No votaré por ningún anti, por ningún archienemigo, por ninguna némesis, por ningún candidato que esté en contra de todo y a favor de nada, que solo exista por oposición a otro, que lo único que tenga para proponer sea oponerse al de enfrente, que se limite a preguntar de qué se trata para oponerse.

No votaré por ningún patriota que haya jurado lealtad a otra bandera porque yo mismo me sentiría un traidor si hiciera semejante cosa.

No votaré por alguien que jamás ha trabajado.

No votaré por ningún outsider, ni ninguna revelación, ni ninguna sorpresa, ni por ningún debutante ni por ninguna promesa.

No votaré por un candidato que prometa que no responderá a ninguna bajeza de sus rivales y, al día siguiente, cometa alguna bajeza contra sus rivales.

No votaré por un candidato que no sea, indiscutiblemente, una buena persona. Si su generosidad, su buen corazón, su espíritu solidario dejan algún lugar para la duda, no vale la pena que me tome el menor trabajo de hojear su plan de gobierno siquiera.

No votaré por ningún prepotente que se valga de la violencia verbal para ganarse la ovación de la plazuela.

No votaré por ningún candidato que lleve interesadamente en su lista al Congreso a celebridades, predicadores, voleibolistas, cantantes, cómicos o personas que no tienen ningún escrúpulo en promocionar –en el mercado de lágrimas– sus discapacidades.

No votaré por ningún candidato que tenga la menor relación –por muy remota que esta sea– con narcotraficantes o terroristas, por mucho que se hayan arrepentido.

No votaré por un candidato sobre el que pese la mínima sospecha de haber matado u ordenado matar a alguien, por mucho que lo hayan absuelto los tribunales o los congresos de otras épocas.

No votaré por un candidato que prometa ser la solución para acabar definitivamente con la delincuencia. Primero, porque eso es imposible y, segundo, porque los políticos que mejor conocen la delincuencia son los que forman parte de ella y jamás van a querer acabar consigo mismos.

No votaré por un candidato que no me parezca una persona muy inteligente y muy exitosa en cualesquiera proyectos que haya emprendido. Me niego a que mi país vuelva a ser manejado por otro pinche mediocre que pasa con once.

A estas alturas, ya debe haberles quedado meridianamente claro que no votaré.