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En Cusco, camino al aeropuerto Velasco Astete, hay una verdulería llamada "¡Es verdura!". Supongo que no deberían hacer falta mayores pruebas de la enorme influencia cultural de "El valor de la verdad", pero las hay. Hace poco más de un año, mientras degustaba un humeante plato de Fun Kin Chong Long en el chifa "Amigo" del grifo de Salaverry con Ejército, me sorprendió la llamada de Mike Menchel, un productor de cine de Beverly Hills, quien estaba muy interesado en echar adelante el proyecto de una película basada en historias de la vida real mostradas por el programa. ¿Una producción hollywoodense sobre un programa de TV peruano? Me sonaba harto improbable. El entusiasta gringo me dijo que el título tentativo del film era "La concursante" y que necesitaba que me reuniera con él y sus guionistas en el término de la distancia. Por una feliz coincidencia, yo tenía un viaje planeado a California por esos meses, así que –picado por la curiosidad– le dije que no había problema, que me dijera dónde y nos reuníamos. Sospechando cuál sería el caso que le interesaría contar en la pantalla grande, acudí a la cita una noche de febrero del 2015 en su oficina de Rodeo Drive. O de la exclusiva zona de Rodeo Drive, como escribiría un coleguita de noticiero. Mike era un colorado de escaso pelo y risa fácil que, al verme, me recibió con un abrazo como si nos conociéramos de toda la vida. Lo primero que me intrigaba saber era cómo diablos habría llegado a sus oídos la sudamericana existencia de mi programa y fue eso, por supuesto, lo primero que le pregunté. Por toda respuesta me sacó unos recortes de la revista del domingo del "Los Angeles Times", pulcramente archivados en un folder manila. Se trataba de un artículo intitulado precisamente "The contestant" ("La concursante") y, en las muchas páginas que ocupaba, aparecían fotos de quien en vida fuera Ruth Thalía, de las coloridas casas de su barrio, de su mamá ataviada como cantante folklórica y de toda su familia. La nota, firmada por el escritor peruano-norteamericano Daniel Alarcón, había convencido al experimentado Mike de que allí, en las laderas de los cerros de la remota Huachipa, lo aguardaba su próxima película.

Dos años y medio antes, en setiembre de 2012, Alarcón me había escrito desde EE.UU. pidiéndome que le permitiera acceso a las grabaciones de El valor en los días en que apenas comenzábamos. Hola, Beto: He estado siguiendo de cerca tu nuevo programa y me interesa muchísimo. En noviembre viajo a Lima y quisiera proponerte algo. Me gustaría hacer una crónica sobre el backstage del programa. Lo más interesante sería poder observar cómo se planea, las discusiones que se hacen, y por supuesto contar con una entrevista contigo y con el equipo. Me interesa ver el proceso, conocer más la idea detrás del show, tu visión sobre el impacto social y político, hacia dónde va, etc. Presentaría la idea al New Yorker. ¿Te interesa? Espero que sí. En todo caso, te felicito por el éxito y ya estamos en contacto. Abrazo. Daniel. Como yo ya lo conocía del ambientillo de las ferias del libro y me parecía un buen pata, dejé que Daniel se paseara durante varios días por las oficinas y los estudios del programa como Pedro Picapiedra por su casa: la investigación de los personajes, la preproducción, las pruebas de polígrafo, las maratónicas grabaciones, todo. Total, era la única manera en la que él podría escribir sobre nuestro programa. Cuando quiso que fuera su fuente y pidió entrevistarme, lo hizo extensamente con una fuente de cebiche y unas chelas bien helenas de por medio y, volvió a hacerlo una segunda vez, en mi departamento con una grabadora de audio para un segmento de Radio Ambulante que se grabó en grata atmósfera de cordialidad y camaradería. Pero, cuando sobrevino la tragedia, el coleguita que Alarcón llevaba dentro, despertó. Beto: acabo de escuchar la noticia sobre Ruth Thalía. Lo siento mucho. Entiendo que esto se pone muy delicado, pero espero que nuestros planes no cambien. Ejem, ejem. La clásica encrucijada ética del reportero nato que constata cómo, ante sus ojos, la interesante historia que estaba cubriendo, de pronto, se vuelve una historia espeluznante. Bad news are good news. Las malas noticias son buenas noticias.

Tanto en su versión radial como en la escrita, la bien contada historia que despliega Daniel Alarcón en "La Concursante" es digna del mejor thriller cinematográfico y entiendo que hasta ha merecido algún galardón. Enhorabuena. Yo también quisiera haberla premiado si no fuera porque miente y de un modo espectacular. O mejor dicho: inventa, porque los novelistas no mienten, inventan. Inventa al presentar como el ex-productor del programa y como "la persona que se comunicaba por auricular con Beto la tarde de la grabación" a un ciudadano que nunca fue mi productor ni se comunicó jamás conmigo por auricular durante ninguna grabación: mi buen amigo, el juglar mochero David Novoa, que, en aquellos días, se cachueleaba como asistente de investigación. Cualquiera que conozca al entrañable David Novoa sabe perfectamente que él no es productor de TV porque lo único que él podría producir en este mundo es poesía. Mi productor, el productor de "El valor de la verdad" y de todos los programas que he hecho en los últimos ocho años se llama Martín Suyón y el novelista Daniel Alarcón lo sabía, pero prefirió citar a Novoa y convertirlo en su fuente principal porque le convenía, porque le dijo justo lo que él quería escuchar, justito lo que necesitaba para que le quedara redonda la moraleja de su drama de hispanos pobres para consumo de los gringos. Esto mismo les he dicho cada vez que se han comunicado conmigo de medios internacionales para hacerme más preguntas sobre el particular. Como decía el slogan de la vieja película "The Paper": Nunca dejes que la verdad eche a perder una buena historia, ¿no, Daniel?

Mike Menchel, el productor, se frota las manos, se relame releyendo el relato corto de Daniel mientras yo le pido que me obsequie una fotocopia a color como recuerdo. Dice que ya se comunicó con él, también con los deudos de la finada, que ya envió a su representante a Lima para comprar los derechos de la historia. Que lo único que falta ahora es adaptar el guión a la realidad norteamericana. Que la protagonista seguramente será una humilde muchacha negra, acaso la hija de un pastor protestante de algún estado del sur. Imitaciones, películas, cuentos cortos, nombres para verdulerías. Todo eso y mucho más se seguirá escribiendo acerca de "El valor de la verdad". Que desde la tribuna lo sigan haciendo mientras nosotros, desde este sábado y con los candidatos a la presidencia, regresamos a la cancha una vez más.