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Me parece una cifra injusta pues, para serles franco, yo me siento de veintiocho. Por dentro, claro. Por fuera, la cosa cambia. A juzgar por mi cabeza pelada –que decidí rapar como una cura radical a mi humillante tonsurado progresivo–, mi barba ya completamente blanca –que disimula bastante bien la papada de pelícano– y mi esférica figura –que conservo con disciplina desde el día en que nací–, yo podría tranquilamente tener sesentiocho años si no fuera porque no tengo arrugas. Ni una sola. Ni patas de gallo ni bolsas en los ojos. Nada. Cero. Lo bueno es que heredé la piel de mi madre, que murió a los ochenticinco sin odiar, con el rostro terso y lozano de quien siempre ha dormido sus ocho horas diarias en paz. Lo malo es que heredé el genio de mierda de mi padre y ya se sabe que no hay nada que envejezca más a la gente que renegar. Y hay días infaustos en que soy capaz de ladrar y rugir de un modo espectacular y en tres funciones diarias, porque el tráfico, la gente, la política, el periodismo, la mugre, el Perú me revientan el hígado, por no decir las pelotas, y es en medio de esas rabietas –y solo en medio de esas rabietas– que sí siento que me estoy convirtiendo, directo y sin escalas, en un amargado, en un gruñón, en un viejo de mierda. Cuando eso pasa, me asusto. Me juro a mí mismo que no voy a ponerme a maldecir porque el tubo de pasta de dientes está sin tapa, porque se malograron los tallarines rojos que guardé en la refri o porque el recepcionista del edificio no se echó desodorante, me juro a mí mismo que ni cagando me voy a convertir en mi papá. El antídoto, entonces, contra tamaño karma es, por supuesto, cagarse siempre, estentóreamente, de la risa, desempolvar mi antiguo y salvífico alpinchismo militante, despertar al cachaciento alien Generación X que duerme ovillado en algún recodo de mis vísceras, esperando la ocasión de abrirse paso entre los bofes y salir a salvarme del infierno de la sensatez. ¿Te rompiste la columna? ¿No podrás volver a ser mochilero en tu vida? Qué chucha, empieza a usar carry-on nomás, maletitas con ruedas. ¿Te volviste a romper la columna de nuevo? ¿No podrás volver a montar tu bicicleta nunca más? No pasa nada. Total, aún caminas. ¿Pasado un año del accidente te sigue doliendo la espalda, como a una ancianita achacosa? Anda a nadar más seguido. Escribe de pie. Camina más y traga menos. Levanta el culo de esa silla. Cómprate tu frotación Charcot y sóbate. Sóbate con disimulo. Siempre va a haber gente que sufra más y llore menos.

Anoche, un amigo me propuso recibir mi diablo yendo a bailar a una discoteca. ¿Bailar? –fue como si me hubiera propuesto ir a jugar chancalalata–, ¿discoteca? Pasu diablo. Pasu madrina. Pasu abuela. ¿Cuándo fue la última vez que bailé? ¿En mi fiesta de prom? ¿El conejito, el conejito donde Gise? ¿En la última batida policial del "Zeus", de "Studio One"? Ese, señores, es el síntoma más inequívoco de todos: no acordarte cuál fue la última vez que fuiste a bailar. Eso sí que significa estar bieeen vieja. ¿En qué maldita hora, devorados por la cojuda vorágine del deber y la rutina, dejamos de hacer justamente esas cosas que más disfrutamos de esta vida? Porque no hace falta formar parte del elenco de Vania Masías para bailar y vacilarse como un chancho. Bailar tiene que ser una necesidad orgánica, biológica, como comer, como sudar, como tirar. Pero así como hay un momento en la vida en que dejas de jugar con juguetes porque ya no te sale, porque ya no sabes cómo demonios se hacía, así también hay un momento en el que dejas de hacer un montón de cosas: dejas de coquetear, dejas de escribir cartas, dejas de cocinarles a tus amigos, dejas de sacar a pasear a tus hijos –o a tus perros– porque ya puedes pagarle a otro cristiano para que lo haga. Dejas de leer los libros, de oír los discos, de ver las películas que te compras y te conviertes en un mero acumulador de asuntos pendientes, segurísimo de que te alcanzará la vida para todo, para el árbol, el libro y el hijo. Un poquito conmovedor, por cierto, un poquito patético en tu extravagante ilusión de longevidad. El otro día, por primera vez, me asaltó una insólita preocupación: ¿quiénes serán mis herederos?, ¿a quién he de legar mi vasto imperio? Es prematuro preguntárselo, por supuesto. No tengo pensado morirme en varias décadas todavía y, sin embargo, hay que comenzar a planteárselo en serio. Nadie está libre de ser arrollado por una Custer a la vuelta de una esquina y, en este país sin ley de unión civil, no hay Cristo que me libre de que una jauría de hambrientas tías Ortiz vengan a arrancharse mis despojos a dentelladas. Anotar en tu agenda el ítem "ir a la notaría a hacer testamento" podría considerarse un segundo sello característico de quienes ya nos sentimos bastante a bordo del Cocharcas-José Leal. Y, sin embargo, no me lo parece tanto. Tener tus cachivaches en orden por si las moscas me resulta, en realidad, la cosa más lúcida que puede hacerse, sin importar la edad que uno tenga. Me parece una decisión sin nadita de drama ni de angustia. Dejar de vivir angustiado por el futuro, por ejemplo, darse el lujo de ser un poquito más insolentes, un poquito más ácidos, más cínicos, más encurtidos que antes, no tener problema en permanecer en silencio un día entero, no tener vergüenza de llorar en el cine como una cocinera, ignorar qué cosa es malware, pero saber perfectamente quién fue Martín Adán, sentirte más cómodo y más en casa en tu pellejo, poder pasar un día sin wi-fi o con el iPhone apagado y disfrutar de las carcajadas de tus viejos amigos como solo se disfruta de los libros viejos o los viejos vinos son solo algunos de los muchos, maravillosos privilegios que te da el ser vintage. Tengo cuarentiocho años desde hoy, asumámoslo chinos de la risa, me niego con todas las fuerzas de mi espíritu a convertirme en un hormoneado chiquiviejo de gimnasio y abrazo amorosamente mi rechoncha realidad, acepto con serenidad que ahora me canso un poco más rápido, sospecho que ya me toca pasar a darle una probadita al índice de mi urólogo y creo que tengo un poco de várices, hago siesta, procuro no comer carne de noche, voy a seguir usando medias de diseños ridículos y coleccionando anteojos absurdos, tengo canas por todas partes y no me las pienso teñir. Tengo canas hasta en el pecho, pero a los hombres, felizmente, las canas no nos vuelven viejos; al contrario, nos vuelven más interesantes para las chicas. Y para algunos chicos, también.