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"¡Eres una abominación! ¡Ojalá nunca hubieras nacido!" –bramó la mujer, roja de ira, al enterarse de que su hijo de 18 años era gay. Esa buena señora ortodoxa –que citaba el Levítico a gritos, completamente fuera de sí – no era ninguna campesina iletrada del siglo XVII, sino una ilustre cirujana que había crecido en Inglaterra con la idea de que la homosexualidad no era solamente una patología, sino también una perversión y, por supuesto, un crimen. Este tristísimo diálogo familiar ocurrió en 1950 y aquel hijo que la madrecita habría preferido ver muerto era, ni más ni menos, que Oliver Sacks, una de las mentes más brillantes de nuestro tiempo, el fascinante poeta de la medicina, el neurólogo iluminado que convirtió los libros de ciencia en exquisitas joyas literarias como "Despertares", "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero" o "La isla de los ciegos al color". "Las palabras de mi madre continuaron acechándome por el resto de mi vida y tiñeron para siempre de culpa y de vergüenza lo que tenía que haber sido la experiencia jubilosa de vivir libremente mi sexualidad".–confesaría el autor en las primeras páginas de On the move, su celebrada autobiografía, publicada recién hace pocos meses y dedicada al escritor Billy Hayes, su novio desde hace ocho años. Felizmente para todo el resto de la humanidad, Oliver Sacks vivió y escribió. Y aunque hoy tiene un cáncer ocular, vive y escribe y sigue siendo el puto amo todavía.

He invertido varias horas de este sábado gloriosamente gris googleando la palabra "madre" al lado de los nombres de algunas de las estrellas más fulgurantes de mi cabro santoral. Lo hice por dos razones. Primero, porque quería saber si era una regla que los hijos varones homosexuales tuviéramos siempre –me incluyo– esa especie de cordón umbilical de acero que nos une a nuestras mamás durante toda la vida y, a veces, durante toda la muerte (aunque, como hemos visto, hay excepciones). Y segundo, porque, el jueves pasado, el multi-talentoso Gabriel de la Cruz, cabeza visible del Colectivo #NoTengoMiedo, me invitó al MALI a ver el pre-estreno de su último montaje de teatro documental: Un monstruo bajo mi cama. En él, seis chicos gays peruanos (energéticos, vibrantes, enternecedores, luminosos, seis cracks interbarrios de los que resulta difícil no enamorarse) se suben al escenario para hablarnos –con crudeza, pero también con sus buenas dosis de humor ácido y muriático– de todo lo cruel que ha sido con ellos este bendito país. Y en medio de toda esa hostilidad, nos relatan la historia del amor implacable de sus mamás, esas enormes aliadas que –salvo error u omisión– hicieron posible su victoria frente a la marginación, la violencia y la estupidez que reinan todavía. La maravilla de este tipo de teatro testimonial –cuyo insumo es la biografía misma del intérprete– estriba en que los actores no están actuando un texto escrito por un ilustre desconocido, sino que están poniendo en escena sus propias biografías, lo que significa que: 1) su coraje frente al público es doble, 2) no están actuando en realidad, que es, a final de cuentas, el desafío más difícil que puede enfrentar un actor, y 3) todo lo que acontece sobre las tablas está vivo y danza y suda y late y florece y canta y llora y te salpica.

"Eres insustituible. Por eso está condenada a la soledad la vida que me has dado". De esta feroz manera describió el cineasta italiano Pier Paolo Pasolini su infinito amor por Susana Colusi en su poema Súplica a mi madre. Para salvarla de las palizas a que su sádico padre la sometía, el joven Pier Paolo había fugado con ella a Roma abandonando para siempre su natal Casarsa. Pocos detalles retratan mejor la veneración que siempre le rindió que el polémico rol que decidió darle en su película "El Evangelio según San Mateo". En ella, la madre de Pasolini interpreta a la madre de Jesús que, como no podía ser de otra manera, ya no es la virgen María, sino la virgen Susana. Además de haber sido ambos escritores gays, al español Federico García Lorca y al chileno Pedro Lemebel los une una curiosa coincidencia: ambos se hicieron célebres con el apellido de sus mamás. Lorca es Lorca por Vicenta, una dulce maestra de escuela granadina: "Mi infancia es aprender letras y música con mi madre, a ella le debo todo lo que soy y seré". El gran Pedro, por su parte, jamás usó el Mardones del papá, siempre firmó Lemebel a secas, en honor a su Violeta, su mil veces cantada mamá pistola: "Al llegar mi madre, todos retrocedieron; entonces ella tan joven, tan pálida azucena. Ella tan linda, tan brava, dio un salto y le arrebató la pistola de la mano y apuntó al mafioso diciendo: ¡Atrévete a pegarle de nuevo!". Marcel Proust decía que la razón por la que "En busca del tiempo perdido" era una novela tan larga era que su madre Jéanne Weil había dejado en su vida un gigantesco vacío, un espacio en blanco que no tenía cómo llenar. A los 34 años de edad, Proust se sentía un huerfanito abandonado y hasta la muerte fue siempre una especie de niño solitario y desamparado. El gran amor de la vida del cubano Reinaldo Arenas fue Oneida Fuentes, la madre que pasó toda su vida en su Holguín natal: "Yo solo podía abandonar a mi madre o convertirme en ella misma; es decir, un pobre ser resignado a la frustración y sin instinto de rebeldía (…). Creo que mi madre fue siempre fiel a la infidelidad de mi padre y eligió la castidad. La castidad de mi madre era peor que la de una virgen, porque ella había conocido el placer durante unos meses y luego renunció a él para toda la vida". Estoy tan triste ahora que si alguien se acercase, me amaría– escribió alguna vez nuestro poeta Juan Gonzalo Rose, quien, en una entrevista de 1980, a sus 52 años, le hiciera a Hildebrandt una amarga confesión: "He llegado a la edad a que he llegado mantenido por mi madre. Mi madre me da techo y comida, pero a eso no se puede reducir la existencia. Y mi madre es una mujer que ya tiene 80 años". Salvo Vallejo –¿di,mamá?– no debe haber poeta peruano que haya escrito mamá más veces que Rose: No lo neguéis, (mamá, no ha sido adrede), desde aquí estoy viendo, parado y solo en terraplén extraño, el agua de mi infancia derramada.