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Hace unas décadas, cuando vivíamos felices y desconectados, mi joven e invencible cerebro era un dispositivo prodigioso que hacía gala de una capacidad de almacenamiento infinito. Almacenaba, sin problema, absolutamente toda mi información importante: mi número de libreta electoral, de libreta militar, de pasaporte, de brevete, de código universitario, de mi cuenta bancaria y de la cuenta de la universidad para depositar la pensión, la placa de mi carro y la del de mi papá, el código de reserva de mis vuelos, el número de mi apartado postal y el código postal de los distritos, los números telefónicos de Radio Patrulla, los bomberos, la Asistencia Pública y La Voz Amiga. Almacenaba los números de las casas y los trabajos de todos mis familiares y amigos, así como todas sus direcciones, sus cumpleaños, sus aniversarios, sus tipos de sangre, sus signos del zodiaco, sus tallas de ropa. Mi cerebro almacenaba las frecuencias del dial en que se encontraban mis radios favoritas, así como sus teléfonos para poder llamarlas a pedir canciones para grabar. Sabía el nombre de cada una de esas canciones, sabía la letra y quién las cantaba y en qué lugar del ránking habían quedado la semana pasada. Mi cerebro almacenaba las rutas de las distintas líneas de microbuses, las fechas de vencimiento de los recibos de agua y luz, qué farmacias estaban de turno en el barrio, qué película estaban dando en qué cine, cuál en matinée, cuál en vermouth, cuál en noche y cuál en trasnoche. Todo eso almacenaba mi cerebro. Eso y muchos, pero muchos datos cruciales más. Ahora, todo aquel esplendor es historia. Hoy ni siquiera soy capaz de recordar el número de mi propio celular, de modo que, cuando me lo preguntan por teléfono, tengo que disculparme y cortar la llamada para echarme a buscar el número de mi propio teléfono en la memoria del aparato, porque la mía –seguramente atrofiada y flácida como un músculo en desuso– no responde, se ha oxidado, ya no sirve para nada.

Les cuento mi caso: ayer fue otro de esos tensos días de agenda apretada que, por suerte, son los menos. Debía acudir a una presentación que los ejecutivos de la cadena habían preparado para el personal en un hotel y luego salir disparado para surcar el habitual infierno automotor hasta el aeropuerto y embarcarme rumbo a un evento interprovincial. Lo tenía todo cronometrado. El plan era fugar camuflado entre los aplausos del discurso mientras telefoneaba al veloz Anthony –versión local de Toretto–, quien, en cuestión de segundos y con espectacular quemada de llantas, llegaría hasta la puerta desde donde quiera que se hubiere estacionado. Pero, cuando bajaba raudo por las lujosas escaleras de mármol, aconteció lo inenarrable. Mi celular no encendía. La batería había muerto y yo no tenía conmigo el cargador. El pánico hizo presa de mí. Sin celular, el auto nunca vendría, nunca podría salir de allí. Era la hecatombe. Corrí a la recepción del hotel en la esperanza de que alguien tuviera un cargador de i-phone. "¡Claro que tenemos!"– dijo el conserje, para luego agregar: "Pero, en este momento, los huéspedes los están usando". Qué cara de orto habré puesto que el buen hombre se apiadó de mí y, muy acomedido, propuso una solución providencial: "Permítame ofrecerle el teléfono fijo, señor Ortiz". En mi desesperación, levanté el auricular sabiendo perfectamente que no tenía ningún sentido. No me sabía el número de Anthony ni ningún otro (bueno, a decir verdad, aún me sé algunos, pero todos pertenecen a parientes ya difuntos). Entonces, decidí llamar al canal –aunque tampoco supiera el número de la central– y, como me pareció ridículo pedir prestada una guía telefónica (¿existen todavía?), saqué una de mis tarjetas personales de la billetera y, aleluya, por fin tuve un puto número que marcar. Todos los anexos, sin embargo, me conducían sin remedio a buzones de voz: "La persona en la extensión no se encuentra disponible…", así que le rogué a la operadora que me pasara con cualquier ser viviente que encontrara en la producción, cualquiera que tuviera el celular de Anthony. "Mala suerte –me dijo–, ya se fueron todos…". Ahora sí estaba frito. No quedaba más remedio que salir a recorrer las calles, con el cadáver de mi teléfono a cuestas, gritando el nombre del amante de Candy como un estúpido infeliz sin saber dónde estaba mi propio auto. Afuera, en las inmediaciones del hotel, ya una nube de curiosos –todos con los smartphones cargadísimos– se arremolinaba en torno a los talentos de la pantalla que accedían sonrientes al selfie de rigor mientras un único antipático cretino pasaba a través de la gente sin mirar a nadie y sin dejar de gritar "¡Anthony, Anthony!" a los cuatro vientos, en el clímax del melodrama.

Anthony Toretto finalmente apareció, relampagueante, doblando la esquina en el bólido plateado. Lo primero que hice al abordarlo, al vuelo, fue sacar el cable de la guantera a fin de conectar mi cerebro inerte al rugiente motor del auto y empezar a resucitarlo. Cuando apenas daba sus primeros estertores de vida, una verdadera tormenta de e-mails, mensajes de Facebook y whatsapps se cernió sobre mí, recordándome una decena de tareas que debía completar antes de mi viaje: guiones del programa por revisar, transferencias de cajero automático y pagos on-line de Sunat por realizar, amén de mi tarjeta de embarque y mi reserva de hotel, todito electrónico, por supuesto. Quizás aún bajo los efectos del trauma sufrido, no sé por qué, llamé a una asistente y le pedí que apuntara mi número –con lapicero– en una libreta. La pobre chica no entendía nada. ¿Anotarlo? –me preguntó–, pero, ¿para qué? ¡Tú apunta nomás!– exigí y le dicté las nueve cifras. Imposible. Solo pudo retener las dos primeras. Lo repetí. Retuvo dos cifras más. Lo repetí. Y así, sucesivamente. Hagan la prueba: díctenle nueve dígitos a un humano joven. No los recordará. Sus cerebros no están programados para recordar teléfonos, sino passwords. Cuando llegué al aeropuerto, faltaba apenas media hora para que mi avión despegue. "¿Quieres que te acompañe?" –preguntó Anthony. "No hace falta, vete nomás"– le respondí, seguro de que ya el peligro había pasado. Chapé mi maleta y corrí a la zona de embarque. Mientras aceleraba por los pasillos, arrastrando mi maletita silenciosa, iba repasando en mi cabeza los obstáculos que aún me quedaban por sortear: ¿Qué número de puerta me tocaba? ¿Qué aerolínea? ¿En qué hotel me hospedaba? Bah. ¿Qué importaba? Todo estaba en mi cerebro celular. No había de qué preocuparse. Llegaría a mi destino y haría una escala en el cajero para realizar todos mis pagos pendientes a los números de cuenta que, inteligentemente, guardo entreverados con teléfonos en el chip del celular. "¿Su DNI y su boarding pass, por favor?"– me detuvo la guardia de seguridad con su mejor sonrisa. Sonreí de vuelta y suspiré aliviado. Todo estaba bajo control. El DNI estaba en mi billetera, el boarding en el celular y… ¿el celular? Un ramalazo de pavor me paralizó. Lo había dejado cargando en el carro. Había dejado mi maldito cerebro olvidado. Y ahora se alejaba de mí a 120 kilómetros por hora. Auxilio. Que alguien se apiade de mí. Que alguien me ayude a volver a casa.