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Ese concha'e su madre nunca contesta.–dijo Alex sin percatarse de que, hacía apenas un par de minutos, había activado, sin querer, el botón de llamada del celular que le regalé el día que salió en libertad. Su providencial torpeza me estaba permitiendo ser testigo privilegiado de aquel instante imposible: el instante en que tus presuntos amigos hablan de ti a tus espaldas. Quizá accionado por los hilos del subconsciente, Alex había activado la función "llamar" con el último número marcado: el mío. Del otro lado de la línea, yo llevaba un rato repitiendo en vano "aló, aló" y, mientras lo hacía, lo escuchaba hablar de mí con otro buen amigo que no hizo el menor intento de decir algo en mi defensa.

Glosar aquí el resto de la conversación no tendría sentido. Baste con saber que no me quedó sombra de duda de que el tema del que hablaban era yo. Sorpresa, sorpresa. Ese concha'e su madre era yo y mágicamente me había trasladado hasta allí, invisible y ubicuo, instalado entre los dos, escuchándolos en secreto. Confieso que nunca habría sospechado que esta persona –a la que creo haber tendido una mano en tiempos de desgracia plena– se referiría a mí alguna vez como ese concha'e su madre. Y, sin embargo, así fue. Me hubiera encantado grabar la llamada para que me sirviera siempre de recordatorio, para que la cola del demonio de la ingratitud no volviera a ponerme cabe una vez más. Pero parece que las fuerzas que le dan cuerda al mundo siempre van a ser las mismas. Hazle el bien a un ser humano y jamás te lo perdonará.

De la traición se dice siempre que equivale a un cuchillo por la espalda. Pero esa mañana lo que sentí fue, más bien, un hachazo en la nuca. Me dolió con brutalidad, hasta muy dentro, dolió hasta la médula y hasta hoy día me dura. Quizá sea que poseo el maldito poder de volver físico el dolor de espíritu. Si algo me produce la suficiente pena, puedo, por ejemplo, sangrar profusamente por la nariz, como un místico loco al que le brotasen ridículos estigmas. Esa mañana –lo confieso– volví a odiar a esta especie como hacía muchos años no la odiaba. Y mientras una espesa amargura ingresaba a mi torrente sanguíneo como una avalancha de barro, dispuesta a tomar por asalto el fofo corazón, yo iba sintiendo cómo mi espalda, mis hombros, mi cuello comenzaban a agarrotarse como si mi carne estuviera convirtiéndose en madera vieja, como si mis venas, nervios y tendones fueran ahora las leñosas raíces de un árbol envenenado. A pesar de todo eso, me senté a esperar. Esperé buen rato hasta que Alex descubrió, sobresaltado, mi presencia en su teléfono: – Escuché todo lo que dijiste. – ¿Qué cosa? – Me has llamado sin darte cuenta. Te escuché mentándome la madre. – ¿A mí? – Te oí perfectamente. – Habrás oído mal. – Así que para ti yo soy un concha'e mi madre… – Discúlpame. Se me escapó.

Podrán decir que la cosa no era para tanto. Dirán que depende del contexto en que lo dijo, del tono en que lo dijo, de la intención con que lo dijo. También podría haber dicho "ese huevón nunca contesta" o "ese cojudo" o, incluso, hasta "ese maricón", insultos estos a los que es válido echar mano entre amigos, porque casi podríamos decir que los usamos de cariño, de purito palomillas. Pero aquel "concha'e su madre" no se le escapó. Lo dijo con furia. Le salió del alma. Estaba lejos de ser una travesura, estaba impregnado en las aguas negras del rencor. Todo amigo es un enemigo en potencia esperando la oportunidad de demostrártelo-solía repetirme mi viejo camarada, el historietista Julio Polar con esa su fabulosa cólera de vivir, quizá la única compañera que le guardó fidelidad hasta la muerte. Todavía me resisto a creerle. Me resisto a dejarme tentar por la seductora idea de que la gente es una mierda siempre. Yo ya estoy viejo para considerar siquiera la posibilidad de perder más tiempo del que ya he perdido en esta vida criando rencores, administrando inmensas granjas en las que se incuban miles de rencores. Y, sin embargo, es mejor vivir entrenando muy duro y estar preparados para salir ilesos de la próxima gran desilusión. Tampoco podemos generalizar y hacer que los fieles paguen por los traidores. Y, sin embargo, la gente es, pues, una mierda siempre. Casi siempre.

Ahora sé que aquel hachazo me dolió así porque partió en dos una de mis últimas certezas, por no decir mi penúltima fe en ese prójimo al que se supone hay que amar como a uno mismo. Dolió como si me hubiera rajado la columna vertebral por tercera vez. Cuando llegué a la clínica, los médicos no encontraron la lesión punzocortante de la que yo estaba tan convencido, pero me diagnosticaron una cervicalgia y una severa contractura muscular. A ver, cuénteme: ¿qué le ha pasado? –me preguntó el doctor. Me quedaba claro que no tenía caso contárselo, así que, por no decir que no me había pasado nada, le resumí la historia de mis otras caídas al vacío: fractura antigua en la primera lumbar, fracturas diversas más recientes en las apófisis de las dorsales, etcétera. Me sometieron a todo tipo de exámenes. Me tomaron placas de espaldas, de frente y de perfil. La chica de los rayos X propuso que –para el selfie de rigor– me quedara en bividí, petición que rechacé, con cara de poto. El hacha fantasma nunca apareció en ninguna de las radiografías. Se supone que aún hay que esperar los resultados de la resonancia magnética. No sé para qué si ya sé que me encuentro en perfecto estado de salud. Me recetaron largas duchas calientes, compresas y una serie de pepas cuyos componentes tenían unos nombres que más parecían anunciar a un trío de payasos: Diclofenaco, Trometamol y Ketorolaco, mis nuevos amigos que me acompañan a todas partes. Al día siguiente, mientras almorzábamos, te conté lo que había pasado. Tras escuchar con paciencia mi drama de la vida real, me volviste a decir lo que me dices a cada rato: siempre te va a ocurrir lo mismo porque seguro que te vas a olvidar de todo, que esto también se te va a pasar, que en un par de semanas todo será igualito que antes, como si nada, y el que te quiera usar podrá volverte a usar sin problemas. ¿Qué tanto te importa, por último? –me preguntaste– ¿Acaso es tu hijo, tu hermano, tu marido? Ni siquiera es nada tuyo. ¿Por qué te afectan tanto las palabras de un completo desconocido? ¡Es un huevón más! Tenías razón y no la tenías. Porque lo trágico del asunto no era que se hubiera roto la esperanza de sacar aunque sea a un solo individuo del fondo del pozo, sino que se había sembrado la semilla maldita de la sospecha ahora convertida en un árbol monstruoso que se erguía sobre las cabezas de todos los demás. ¿A quién iba a poder creerle algo a partir de ahora?

Manejé a velocidad por el malecón y bajé hacia la playa Marbella. Estacioné la camioneta en un descampado, me bajé y me apoyé en el capó a esperar que el sol se zambullera en la mar serena. Justo cuando Dios le estaba ordenando al cielo que se pusiera del color del fuego, un volcán de rabia contenida estalló en mi interior y vomité.