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Hace un par de noches salí a comer con un grupo de viejos amigos. Beatriz, una reportera de mi promo que vive en España desde hace muchos años, regresaba a Lima después de tiempo, así que los compañeros de tantas batallas noticiosas nos juntamos después de muchísimas lunas para tomar unas cuantas botellas de vino y conversar y reírnos y saber qué había sido de nuestras azarosas vidas. Es muy fácil verificar la buena calidad de un amigo: dejas de verlo una década, te vuelves a encontrar con él y a los tres minutos ya te estás matando de risa como si no hubieran dejado de verse nunca. Eso nos pasó en esa noche formidable que te cuento. Salvo por unas curvas menos, unas canitas más, unos pelos menos, unos kilitos más, parecía que la vida no había pasado por debajo ni por encima de nosotros, pero vaya que había pasado y con roche. Habían pasado quince años desde la última vez que trabajamos juntos, veinticinco desde que –muy ilusionados– comenzamos a ser reporteros de televisión y… bueno, mejor paramos de contar. Para serles franco, yo soy un tipo bastante antisocial, cada vez me recluyo más en mi cubil, no disfruto mucho de lonchecitos familiares ni de parrilladas de patas y casi siempre huyo como del ébola de este tipo de reencuentros de cuarentones quizá porque ya me conozco de memoria el libreto habitual.

Primero, todos se preguntan por sus trabajos y sus proyectos, o sea, comparan su éxito con el de los demás para ver quién lo tiene más grande. Como tan mal no me va, esa parte puedo sortearla con relativa comodidad: qué programas has hecho, qué nuevo programa estás preparando, deberías volver a tus entrevistas, en qué diario estás escribiendo, deberías escribir más libros y etcétera. Hasta ahí, todo suave. Pero, cuando se arrancan a preguntar por tu situación sentimental y familiar, comienza la desunión. Como saben que no tengo hermanos, ni mujer, ni hijos, supongo que se agarran de lo único que pueden preguntar: ¿cómo está tu mami? Murió. Pucha, perdóname, no me enteré. ¿Y tu papi? También. Pucha, lo siento, en serio, no sabía. No te preocupes, todo bien. Unas cuantas risitas nerviosas, un poquito de carraspera y un largo trago de agua cubriendo el silencio incómodo mientras piensan qué otra cosita se me puede preguntar. Ejem. ¿Y… estás con pareja? Respondes que no, por supuesto y es en ese preciso momento que te conviertes en el tema más aburrido de la noche porque, si no tienes ni papá, ni mamá, ni hermanos, ni hijos, ni mujer, ni marido, ¿de qué carajo se te puede conversar? De nada. Perdiste tu turno y ahora te toca esperar a que el siguiente comensal termine de compartir la historia de su felicidad regalándonos, desde la enorme pantalla de su iPhone 6, una preciosa presentación de fotos con música de Marc Anthony y nos cuenta que conoció a esta chica maravillosa, que se enamoró a primera vista, que se comprometió, que pidió la mano, que se casó, que se fue de luna de miel a Máncora, que se reprodujo, que tuvo mellizos, hombrecito y mujercita, el regalo del cielo, la parejita, que nacieron de parto natural, que nacieron en posición fetal, que nacieron con peso y medida oficial, que ella tiene los ojos de su mamá y la boca de su abuela, y él, la nariz del papá y las orejas del abuelo, que el varoncito ya dice tatá y agú y la mujercita ya dice teté y chuchú.

Tres cuartos de hora después, cuando el intercambio de pañales, pañitos húmedos, baberos y babitas hubo terminado, Bea volvió a cederme el uso de la palabra con una pregunta insólita que me sacó de cuadro por completo:

- ¿Y tú, Ortiz? ¿Se puede saber por qué estás tan feliz? – ¿Me estás jodiendo? –le contesté. – Para nada, huevón. Se te ve tranquilo, contento, relajado, saludable, tu piel no tiene arrugas, te brillan los ojos. En serio, te ves feliz. ¿Cuál es el secreto? – No sé de qué hablas. – ¿Te has hecho una cirugía, te inyectas algo, te volviste budista, vegetariano?, ¿estás tirando más que antes?, ¿cuál es el secreto, Ortiz?, ¿a qué te dedicas?

Todos en la mesa nos reímos de su ocurrencia. Le agradecí el piropo que estaba implícito en su pregunta, pero juré que no había en mi vida reciente nada notable ni extraordinario ni tampoco algún secreto digno de confesarse en medio de aquella antigua fraternidad. Los primeros platos que habíamos pedido comenzaron a llegar y pronto la curiosidad se fue diluyendo en medio del humo de las pizzas recién horneadas. Alguno trató de insistir coincidiendo en su sospecha de que había algo que yo les estaba ocultando, pero yo me cerré –como si fuera un terrorista capturado– en que de mí ya lo sabían todo, que mi vida para ellos era un viejo libro abierto y releído, que no había absolutamente nada nuevo que contar. Por supuesto, les mentí. Quizá si hubiera tenido un par de vinos más encima, les habría confesado que mi nueva fórmula consiste en aplicar la misma fórmula de la felicidad que ellos emplean, pero al revés. Mientras ellos fundan familias que me estorban, yo todavía sigo enamorado de ellos, en el fondo. Mientras ellos buscan una pareja, yo busco muchas, que es lo mismo que no buscar ninguna. Mientras ellos guardan pan para mayo, yo me lo como todito en enero. Mientras ellos buscan vistos@s novi@s extranjer@s por Internet, yo insisto en enamorarme del grafitero vándalo que pinta con spray los vagones del tren eléctrico, del pata que limpia de madrugada la piscina del hotel o del grifero macetita que se pone nervioso mientras me llena el tanque y conversamos cojudeces. Mientras mis viejos amigos se llenan de responsabilidades y de créditos y de necesidades y de deudas, mientras se reproducen y se multiplican, yo me divido en pequeñas personitas que hacen cosas distintas, pero que no son, necesariamente, yo. Una de ellas sale en la tele, otra de ellas hace el bien sin mirar a quién, la otra te dispara con cerbatana por purita diversión, la otra extraña a los amigos con los que se peleó, la otra se pelea por las huevas con los que aún se lleva tan aburridamente bien y la última de ellas escribe esta columna la noche de un sábado, sin demasiada ilusión de que la leas y conserves aún el buen olfato para detectar qué es lo que está patas arriba y lo endereces.