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Tengo una noticia negra y definitiva. El domingo que viene es el último programa de "La noticia rebelde". Sí, ya sé: buuu. Vigilia. Marcha. Plantón. Ya, ya, tampoco es para tanto. Fue solamente otro programa de televisión. Mi programa número 13, ahora que saco mi cuenta. Cabalístico. Uno más para la colección. Tampoco lloremos sobre la chicha derramada. Fue divertido mientras duró. Cuando uno está metido dentro de esta cajita maravillosa, no puede hacer los programas que quiere, sino los programas que puede, o sea los programas que los jefes, ustedes y los anunciantes quieren. Y ya sabemos cuáles son esos programas que los jefes, ustedes y los anunciantes quieren. Y sabemos cómo hacerlos. Además, no importa cuánto pontifiquen Hildebrandt y Marco Aurelio –los viejitos de los Muppets– al respecto. Pero, ¿en qué momento pasó esto?, ¿qué fue lo que aconteció? –me preguntará, algo caído de temitas, el providencial coleguita carbonero–, ¿censura, mordaza, represión? Nah. Pasó que, aunque el rating era bueno, los auspiciadores se morían de miedo de apostar porque no terminaban de entender nuestro exquisito sentido del humor. Y los políticos se morían de miedo de venir y que, de abajo de la mesa, les saliera una estriptisera en tetas o algo así. Pasó que, a causa de algún viejo trauma colegial, necesitamos acostarnos temprano los domingos porque el lunes hay que madrugar, aunque el jueves nos la peguemos hasta las 3 de la mañana como si las huevas. Pasó que reinamos en las redes y fuimos permanente primera tendencia de las noches de domingo, resonante victoria que equivale, más o menos, a ganarle las elecciones en Facebook a Julio Guzmán en primera vuelta, échenle pluma.

Pero, en fin, a otra cosa mantecosa, que tampoco voy a emplear el íntegro de mi columna deshaciéndome en explicaciones porque hablar del año 2015 ya es hablar del pasado y yo conozco unos cuentos sobre el futuro. Les cuento: el último fin de semana me mandé mudar como todos los fines de año. Me vine, para variar, adonde siempre termino, a Nueva York. Y desconecté tanto que me olvidé de todo, hasta de escribir la columna del domingo pasado. Como quien se somete a una limpieza espiritual, decidí desconectarme, por supuesto, de las deprimentes noticias nacionales. Total, no sufro del síndrome del reporterito hiperconectado que vive con la web del decano enchufada a la vena, cómo les explico, no soy el cocinero de chifa que llega a su casa a prepararse un chaufa, así que nada me iba a pasar si mandaba todo al carajo por un rato. Me dediqué a hacer una de las cosas que más me gustan en la vida: vagabundear. Subirme a cualquier tren, bajarme en cualquier estación, caminar con dirección a cualquier parte por horas y horas aprovechando este tibio invierno de dieciséis grados que nos regala el calentamiento global. Y lo mejor de todo: sin tener que ser el Barney de dunlopillo del Jirón de la Unión a tiempo completo. Después de pasarme el año opinando y opinando acerca de absolutamente todos los temas humanos y divinos, mi idea del paraíso terrenal consistió en tener, por fin, una semana entera de no hablar con nadie y, si no es mucho pedir, de no ser nadie, de disfrutar del perverso placer de mi compañía.

Hoy, sin embargo, como me tocaba escribir, sucumbí a la tentación, rompí el ayuno y me metí a curiosear qué había pasado en mi país en tan prolongada ausencia. ¿Y con qué me encontré? ¡Tamare, oe'! Mejor me hubiera quedado desconectado el resto del año. Me encontré con que sujetos de la catadura del nefasto Popy Olivera, el matacabros Ricardo Belmont y el tirapiedra Goyo Santos inscribieron sus candidaturas presidenciales. Con que la reina de las malaguas Susana Villarán es ahora la vice de Urresti, con que la suprema arribista Anel Townsend logró trepar hasta vice de Acuña y la regia de regias, la tremenda jueza Carolina Lizárraga, es la nueva amiwi de Forever Alone Guzmán. Coño. ¿Todo esto pasó en apenas una semana? ¿Popy, el hermanón y Goyo Santos para presidentes? No sean palomillas. Devuélvannos a Mauricio Diez Canseco, por lo que más quieran. Lo exigimos. Brad Pizza dignidad. ¿Qué pasó con los mecanismos de control de calidad? ¿Pre-si-den-tes? Me están jodiendo, ¿no? O sea, todo bien con la democracia, pero tampoco exageremos. No se pasen. Ya se sabe que la Constitución establece que cualquier huevada puede postular, pero tampoco se maleen así, por mi madre. Qué papelón. Que el siniestro ministro de Justicia del Cholo Sagrado, el inenarrable Olivera, la haya librado después de sus archiconocidas tropelías y conspiraciones contra Beatriz Merino, contra Cipriani y contra medio Perú, que hayan pasado piolaza sus nunca investigadas movidas "empresariales" cuando era embajador en España, vaya y pase, pero de lo que ustedes se deben haber olvidado –y yo no– es que el poder omnímodo de Olivera en el toledato le permitió cometer todo tipo de arbitrariedades y atropellos como, por ejemplo, perseguir periodistas gracias a los buenos oficios de juezas útiles al régimen como Carolina Lizárraga, precisamente, fíjense ustedes qué coincidencia. Y yo estaba justamente aquí, en Nueva York en 2003, cuando destapamos el escándalo Almeyda –en este mismo diario cuando lo dirigía Augusto Álvarez Rodrich– y tuve que convertirme en asilado político porque las autoridades del gobierno de Estados Unidos constataron que estaba siendo objeto de una persecución y que corría serio peligro si regresaba al Perú. ¿Quién era presidente? El candidato Toledo. ¿Y el ministro de Justicia que me denunciaba? El candidato Olivera. ¿Y la obediente jueza que acogía, en su cartera Prada, la denuncia de un miembro del Ejecutivo contra un periodista? La candidata Lizárraga. ¿No es linda la política? ¿No es, acaso, una maravilla mi país? Pero el karma se encargará de ellos, así que BAH. ¿Qué me importa? Mejor dedico el resto de esta tarde espléndida a husmear por librerías o a encerrarme en un multicine y ver tres películas al hilo o a sentarme en un café a mirar la gente pasar. Sin que nadie me llame, ni me busque, ni mucho menos me pregunte quién irá a ganar las elecciones. No se vayan, ya volvemos.