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Cada vez que escuchaba en la radio la noticia de un asalto, mi padre lanzaba siempre el mismo consabido comentario que hoy todo el mundo repite sin cesar: esa gente no tiene remedio, esa gente ya no sirve para nada, esa gente es basura, a esa gente hay que matarla. Podría decir que he crecido escuchando esa triste monserga de la que mi pobre papá vivió tan convencido. Y quizá sea solo por contradecirlo hasta la muerte que llevo un año dictando clases de lectura y escritura, precisamente, a "esa gente" en una cárcel del Perú. En mi taller canero, tengo cuarenta alumnos. Ni más ni menos que cuarenta ladrones, violadores, asesinos y también varios inocentes presos por error, estupidez o simple maldad. ¿Por qué a ellos? Obvio. Porque están en el hoyo y lo necesitan más. Yo no creo que los libros los puedan hacer cambiar hasta convertirlos en mejores personas. No lo creo, lo sé. Me consta. Lo veo. Lo compruebo a cada instante. Y cada vez que digo esto, no pasan dos segundos antes de que salte el primer baboso a decir: 1) que estoy a favor de los delincuentes, 2) que no sé de lo que hablo porque no soy pobre ni vivo en un asentamiento humano y 3) que nunca me han robado. Como muchos de los que lean esto seguramente lo van a repetir, aprovecho para aclarar, desde el saque, que: 1) Si estuviera a favor del robo, entraría en política y robaría a mis anchas. Siempre será más fácil que trabajar. Arranchar cartera o celular es repudiable, pero más repudiable aún es que los ladrones máximos estén siempre en el gobierno y nunca en la prisión. 2) No necesito vivir en casa de esteras para ser víctima de la rapiña; al contrario, cuanto más cositas puedas comprarte con tu chamba, más en la mira vas a estar. 3) Desde el fumeque que, aprovechando la luz roja, me peló la plumilla del limpiaparabrisas –pasando por el apretón que me puso la pistola en la cabeza para robarme una cámara del canal– hasta llegar al administrador de banco que giró cheques de gerencia con mi firma escaneada y me dejó las cuentas con saldo negativo, a mí se me ha robado impunemente en todas las modalidades imaginables, así que no necesito que nadie me venga a dar su vibrante testimonio sobre lo horrible que es. Nada de esto, sin embargo, podría llevarme a caer en la primitiva pulsión de justificar la lógica troglodita, la lógica talibán, la lógica Estado Islámico, la lógica Uchuraccay que anima la sanguinaria campaña Chapa tu Choro.

Bastó que una anónima huancaína decidiera hacer alarde de su sicopatía, proponiendo la cuadriplejia como promesa electoral para que la sórdida idea se regara cual chispa de una colilla encendida en un taller de pirotecnia. "Aquí no llamamos a la policía, aquí te quemamos vivo", rezan los civilizados lemas de los espontáneos colectivos de "arresto ciudadano" que, como barras bravas, han comenzado a surgir por doquier. Hoy, siete de cada diez peruanos están a favor de la suprema cobardía del linchamiento. Siete de cada diez quieren que sea Fuente Ovejuna la que aplique su asesina justicia popular amarrando personas a los postes, torturándolas y ejecutándolas públicamente, como quien rinde homenaje a la crueldad de Sendero Luminoso y el MRTA, con la que no encuentro diferencia alguna. ¿Se creará de acá a una década una nueva Comisión de la Verdad para que investigue la horrenda carnicería, el terrorismo de Chapa tu Choro? ¿Será juzgada y condenada su figureti autora intelectual? Aprovechando la popularidad de que siempre ha gozado el sadismo entre los peruanos, todos se suben rapidito al coche y lo fomentan. Qué éxito: los alcaldes, los ministros, ¿y los candidatos?, ¡pero por supuesto!, faltaba más, ellos apoyarán cualquier imbecilidad con tal de subir un puntito en las encuestas. Ya no nos prometen el millón de empleos ni el futuro diferente, ahora nos prometen penas, las más terribles penas: ¡Pena de muerte! –predica, bíblicamente, el amoroso pastor Lay. ¡Cadena perpetua sin beneficios! –brama el severísimo Ántero Flores-Aráoz con su mejor cara de tacto prostático. Y hay un pelacho ex marino, batería de López Meneses que se hace llamar "El Exterminador" y que ya publicita en carísimos paneles su temible pinta de skin-head mofletudo. ¿En eso consiste el ideario con el que piensan salvar este país?, ¿prometiendo asesinatos? Tonta tentativa de asustar a los malos en el supuesto negado de que los buenos sean ellos.

Y mientras tanto, esto es lo que sucede: el sábado pasado, en su sencilla casa prefabricada de Villa El Salvador, Carlos Enrique Torres Velásquez, un muchacho de 21 años que aún lucía frescas las huellas de una brutal flagelación, me contó, aterrado, cómo una gavilla de matones que se hacen llamar "Los caballeros de la noche" había estado a punto de asesinarlos –a él y a su amigo de solo 16 años– cuando escapaban, precisamente, de dos asaltantes en la picante zona de Tablada de Lurín, adonde habían llegado para jugar un partido de fulbito. Sus agresores –cerca de cincuenta vecinos del lugar, algunos cubiertos con pasamontañas, otros "identificados" con el símbolo de Batman en los chalecos– lo desnudaron, lo esposaron y, mientras lo arrastraban por las calles como a una res rumbo al matadero, lo molieron a golpes de bate de béisbol, le reventaron en la cabeza una botella y, con el pico, le apuñalaron las piernas sin piedad. Esta semana nos han faltado cámaras para cubrir la ola de linchamientos. El lunes, en Chanchamayo, Herald Pacheco de 25 años también fue martirizado por una turba similar. En medio de una boda, alguien lo señaló como ladrón y eso bastó para que el horror se desencadenara. Los asistentes, ya borrachos, lo acorralaron, lo ataron de pies y manos, lo apalearon y lo amordazaron –no sin antes introducirle una enorme piedra en la boca– y lo patearon tantas veces en la cabeza que le produjeron un hematoma cerebral que le deja pocas posibilidades de sobrevivir. En Huánuco, Emerson Roque y Miguel Mauricio, dos modestos obreros que llegaron hasta la comunidad de Andas para cobrar una deuda, fueron también sindicados como rateros. Los comuneros los persiguieron, les aplicaron el famoso "arresto ciudadano", los amarraron, los rociaron con gasolina y los quemaron vivos. Un verdadero holocausto caníbal. Y mientras tanto, ¿Policía Nacional?, ¿Ministerio Público?, ¿Defensoría?, ¿alguien? Peruanos inocentes quemados vivos. Pero sus muertes a nadie interesan. A nadie indignan. A nadie duelen. Al contrario, siete de cada diez compatriotas lo celebran. No digan después que nunca lo advertimos. El gen de la violencia que dormía en el ADN de los peruanos ha despertado. Una nueva barbarie acaba de empezar.