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Soy un animal de invierno. Amo los abrigos, los sombreros, los guantes, las bufandas, los paraguas que me transportan a ciudades remotas donde todos visten de negro, la película de misterio que despliega la garúa de la madrugada sobre el asfalto de esta plúmbea ciudad. Vivo esperando el invierno. Su melancolía me parece más exclusiva, más distinguida que el júbilo ruidoso del verano. El frío siempre me ha gustado más porque tiene remedio; el calor, no. El calor convoca a la vulgaridad. Es como un chihuahua histérico y lambiscón: no te lo sacas de encima con nada, ni desnudándote, ni abanicándote, ni bañándote, el calor es una perenne cobertura de melaza. El frío, en cambio, conserva tu menudencia siempre fresca. El frío te mantiene más alerta, aclara tus ideas, conjura la candidez, exacerba la crueldad de tu humor. Pero también desencadena más abrazos, propicia la humareda del café, colma las copas de coñac, invita a quedarse en casa leyendo, te recuerda que es mejor no tener que ir a ningún lado. El frío siempre será más elegante que el calor. Vivo esperando el invierno y en este año melifluo y tibión pareció que nunca llegaría, pero finalmente llegó y vino trayéndome como regalo un souvenir atroz, directamente desde mi infancia. Este invierno 2015 vino trayéndome de regreso un viejo enemigo al que no había vuelto a enfrentar desde hacía más de tres décadas: el asma.

Fui, por supuesto, un niño asmático como corresponde a todo hijo único sobrestimado, sobreprotegido y sobrealimentado. Acabáramos. No solo había que cuidarme el doble porque era lo único que había o porque tenía pie plano, miopía e hipotiroidismo sino porque, encima, era asmático y nunca debía darme el aire. El aire. Ese monstruo despiadado que vive hasta hoy en la imaginación de tantas madres peruanas. "¡Tápalo bien!, ¡que no le vaya a dar un aire!". ¿Les suena familiar? La típica escena del fin de la parrillada dominical: padre medio zampado cargando en brazos a hijo que duerme y madre abnegada que va detrás, sepultando al crío bajo veintisiete capas: una colchita de polar, una casaca acolchada, un chal de alpaca, un saco, un poncho, tres chalinas y todas las prendas que haya podido recolectar entre los presentes, en su desesperación de que no lo alcance el aire. De que el aire no le alcance, más bien, y termine asfixiado por el peso de tanto amor familiar. Mis más viejos recuerdos aparecen siempre contaminados por el asma: no podía jugar carnavales porque si me mojaba, me agarraba la tos. No podía corretear porque si correteaba, me agitaba. No podía jugar porque si jugaba, sudaba y el sudor se enfriaba y el frío me agarraba. Para que el frío jamás me agarrase, mi mamá, mis tías, mis primas, mis nanas o cualquier integrante del ejército femenino encargado de mis cuidados debían tener siempre a la mano varias mudas de ropa seca para cambiarme velozmente, apenas asomara el menor rastro de sudor. Y cuando ya no quedaba nada seco que ponerse, había que echar mano a los pañitos, los sudarios, los trapitos que evitaban que mi frágil y enfermizo cuerpecito absorbiera la humedad, precipitándome sin remedio al enfisema pulmonar. ¿Trapitos en la espaldita?, ¿trapitos en el pechito? –había que ver el 'bullying' que me hacían mis primitos con la jodienda de "ay, los trapitos". "Bronquitis asmatiforme" –fue el eufemismo empleado por el doctor Francesqui para quitarle algo de drama a su diagnóstico. Pero no contento con ese anuncio aciago que, definitivamente, le otorgaba rigor notarial a mi desventura, el doctor Francesqui –de su cara no me acuerdo pero sí de su apellido– decidió investigar cuáles eran las raíces del mal: los agentes alérgenos que desencadenaban mis crisis respiratorias. Maldita la hora en que decidió enfrascarse en tamaña cacería, en una época en la que sobre alergias nada se sabía. Su conclusión, desde luego, fue que mis ahogos eran ocasionados por una evidente alergia a la humedad, a los ácaros, al polvo, al polen, a los libros guardados, al pelo de perro y a las almohadas de plumas pero también por mi alergia a los chocolates, el maní, los cítricos, los colorantes, los camarones y prácticamente todo lo que me gustaba de la vida. Mi existencia dejaba, entonces, de tener sentido en tiempo récord. Además, como si todo lo que ya estaba impedido de hacer no fuera suficiente, ahora se me prohibía también comer golosinas y tomar bebidas heladas –y también sin helar porque "el gas es demasiado frío"– de modo que había que elegir las "gaseosas blancas" como 7UP y añadirles harta azúcar para que se les fuera el gas y quedaran convertidas, precisamente, en asquerosos jarabes para la tos.

Luego de haber sobrevivido a brutales sobredosis de corticoides, a muchas madrugadas miserables en las que tenía que dormir sentado, a las taquicardias producidas por el abuso de los inhaladores y hasta a ser conectado, de emergencia, a verdes cilindros de oxígeno dentro de alguna ambulancia San Cristóbal, cuando ya comenzaba a ponerme azul, un buen día el puto asma se esfumó solito, mágicamente, con el glorioso advenimiento de la pubertad. Así, al azar, como vino, igualito desapareció. Entonces, liberado de mi yugo, decidí dejar que todo el aire del mundo me diera. Ahora que lo pienso, descubro que, en vez de andar por la vida buscando el sol, me la he pasado a la caza del frío. Esa ha sido mi venganza. Si es enero y tengo vacaciones, allí donde otros dicen Máncora, yo digo Titicaca. Allí donde otros sueñan con un all-inclusive en las Bahamas, yo alucino la nieve cayendo sobre el majestuoso puente Karluv Most en Praga. Esa sería mi postal de verano ideal. Soy un oso de anteojos y fui el primero en alegrarse cuando ese inacabable veranillo idiota se acabó por fin. Fui el más entusiasta en sacar del arsenal los edredones, los sobretodos, los deshumedecedores, las estufas. Pero la mañana del domingo pasado, una inmensa, inquietante mancha negra apareció en la pared de mi departamento como un mal presagio. Cuando llamé a conserjería para quejarme, me dijeron que había una fuga de agua que, lamentablemente, no se podía reparar hasta que no regresaran de viaje los vecinos de al lado. La mancha sigue creciendo al mismo ritmo en que crece mi dificultad para respirar. Es el asma. Dios tenga misericordia. El asma ha regresado. Arghh. Ya no puedo seguir escribiendo, me estoy asfixiando. Pronto. Que alguien me pase mi Ventolín. Cuando lean esto, estaré a muchos kilómetros de casa. Muy probablemente en Pomaticla, en Matucana, en Tornamesa. O quizá en Jauja, la eterna ciudad de los tísicos. Donde no se respire ácaro ni hongo ni moho. Donde no se respire esta agua infecta. Donde no me vuelva a dar el aire nunca más.