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Roberto Lerner,Espacio de crianza

Lorenzo llegó con un trompo y una huaraca, objetos que no veo hace mucho tiempo. De niño traté de usar la segunda para hacer bailar al primero, sin éxito. Cuando tocaba la temporada del trompo, sentía la frustración por no poder realizar las hazañas de mis compañeros cuando jugaban solos, o en duelos, creo que se llamaba cocinita, en los que uno de los trompos podía terminar quiñado.

Vi a Lorenzo ajustar la huaraca alrededor del trompo, cogerlo diestramente en su mano derecha, con un extremo de la cuerda entre sus dedos mayor y anular, y apoyar la punta metálica en su pulgar. Luego hizo un movimiento rápido y certero con su brazo, que fue hacia adelante y luego regresó, y el trompo aterrizó como por arte de magia en su palma. Volví a sentir esa mezcla de envidia y deseos de aprender que había tenido cuando chico.

Lorenzo se convirtió en un maestro paciente e interesado. Me ayudó a enrollar el trompo con la huaraca, a poner los dedos de manera adecuada y a tensarlos convenientemente. Me explicó con sus palabras y su cuerpo la manera en que debía lanzar el trompo. Me fue guiando tranquilamente hasta que súbitamente me encontré exclamando: "¡Salió!". La verdad es que no podía creerlo: había hecho bailar el trompo.

No estoy seguro si Lorenzo acepta que mi incapacidad no fue fingida, que no se trató de una mentira piadosa para reforzar su autoestima. Los chicos oscilan entre vernos como omnipotentes o tramposos. En ambos casos quedan como tontos. Cuando aceptamos aprender de ellos, todos ganan. Lorenzo me enseñó una técnica que yo asumía fuera de mis posibilidades y, además, permitió una experiencia placentera y un reencuentro conmigo mismo.