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Roberto Lerner,Espacio de crianza

Un chico de 12 se siente mal, muy mal: "Me dijeron que votarían por mí, que mi dibujo estaba chévere", dice. "Pero cuando la profesora sometió los de todos al salón, nadie escogió el mío. Eligieron, para estampar la casaca de la promoción, la imagen de un personaje de serie –borracho, encima–, y al mío, un animal estilizado, no le dieron bola. Nunca más voy a dibujar", termina con mirada triste.

Es un artista talentoso. Modela y pinta, dando vida a los productos de su imaginación, mostrando sentido del humor y profundidad de pensamiento, además de sensibilidad e idealismo.

La depresión confunde y genera una forma particular de sacar conclusiones, interpretar lo que nos pasa o contribuimos a que pase. Y en esta época de concursos permanentes, debo hacerle entender que no es su habilidad de dibujante la que ha sido derrotada, por lo menos no en esta ocasión, sino su capacidad de vender una idea a un grupo de adolescentes tempranos en búsqueda de una imagen que los represente.

Y en ese aspecto sí debe aprender algunos trucos, sintonizar su creatividad con los deseos ajenos, poner su inteligencia plástica al servicio de demandas colectivas, encarnar en sus obras la voluntad, en este caso, encabritada, provocadora y burlona del grupo. Y, además, saber movilizar adhesiones y formar alianzas.

Una vez que mi amigo artista tiene claro que le falta mucho en el aspecto marketero y político –áreas muy importantes del quehacer humano, pero que debemos decidir si serán relevantes para uno–, deja de sentirse traicionado por sus amigos y descalificado como dibujante.