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"Qué le vamos a hacer si ellos nacieron en el Mediterráneo" es el coro de la canción que Joan Manuel Serrat, en primera persona del singular, dedica a ese mar que, mientras para los europeos del sur "ilumina sus largas noches de invierno", para muchos habitantes del norte de África es la ruta por atravesar, en improvisados botes, para escapar de la anarquía y del fanatismo.

Desde que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) colaboró para derrocar en el 2012, al sangriento dictador Muamar Gadafi, Libia como la Iraq post-Sadam Hussein se tornó en un caos a falta de un gobierno central que impusiese el principio de autoridad. Esto lo aprovecharon grupos radicales islamistas, incluidos el Estado Islámico (EI) y la filial de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQIM, por sus siglas en inglés), que originaron el éxodo de miles de libios y otros africanos de países como Somalia y Eritrea, que han recurrido a sus pocos ahorros para pagar a traficantes de personas que los conduzcan, en pésimas condiciones, a los lugares más cercanos a Europa.

En abril volvió a naufragar otro bote, aumentando a los centenares de ahogados previos unas 700 personas, quienes intentaban llegar a Sicilia, aunque la mayoría de los inmigrantes se dirigen a la isla de Lampedusa, donde buscan residir.

La "bota europea", que ha socorrido a más de 10 mil refugiados sin "patearlos" de regreso a África, exige al resto de la Unión Europea recibir cuotas de inmigrantes, mientras es criticada por varios de sus países por maltratarlos. Como suele ocurrir, todos los gobiernos hablan de política humanitaria pero ninguno toma la batuta.

¿Y los refugiados? ¿Qué le van a hacer, si ellos también nacieron en (el otro lado del) Mediterráneo?