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Es legítimo cuestionar cuánto del comportamiento de Barack Obama, a pocos días de dejar la presidencia, revela un tipo de depresión por dejar la presidencia de EE.UU. o cuánto manifiesta una forma de presión –en un intento de defender su legado– ante un sucesor que promete desbaratar sus políticas más audaces.

Muchos consideran que su decisión de no vetar la resolución en el Consejo de Seguridad de la ONU contra la política de construcción de asentamientos de Israel, cuestión que sí hizo al vetarla en 2011, tiene más que ver con la pésima relación personal entre Obama y el primer ministro israelí, Netanyahu, que a una decisión de política de Estado (ningún gobierno demócrata ni republicano permitió resoluciones semejantes desde la década de 1970). Puede haber algo de rabia a majaderías de Netanyahu (quien lo desafió, públicamente, varias veces) y a la frustración de no haberle permitido ser el promotor de un acuerdo final de paz entre israelíes y palestinos. Pero quizá, también, Obama permitió que se votara en contra de Israel en la ONU como acción preventiva a lo que se vislumbra, con Trump, como una política parcializada al gobierno de Netanyahu.

Obama expulsó a diplomáticos rusos como represalia contra Putin por ciberespionaje durante la campaña electoral de EE.UU.: ¿Represalia proporcional o un intento de dificultar la normalización de relaciones entre Trump y el dictador ruso, también por su corresponsabilidad en masacres como las de Alepo y su intervencionismo militar-político en Ucrania?

Lo que sí es criticable, definitivamente, es el comentario que hizo Obama a CNN de que él sí le hubiera ganado las elecciones a Trump. Eso desentona con el estilo prudente y comedido de estos ocho años.