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arielsegal@hotmail.com

No había razón para que Barack Obama no se reuniera con Raúl Castro en la Cumbre de las Américas de Panamá, dado que lo histórico ocurrió con el anuncio del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos (EE.UU.) y Cuba y los encuentros de sus funcionarios de alto nivel. Si bien es comprensible la euforia mediática que causó el apretón de manos y la imagen de los mandatarios sentados frente a frente, hablando con cordialidad, lo sustancial es lo exigido por Washington y La Habana: la liberación de presos políticos y fin de la represión contra libertades básicas que exige EE.UU. a cambio de la suspensión del embargo (no bloqueo, como demagógicamente lo llaman los Castro y sus simpatizantes) que demanda La Habana.

Bajando de la cumbre, que los encandiló con los relámpagos de flashes, donde fueron las estrellas del firmamento por dos días, Obama se enfrentará a la difícil tarea de convencer al Senado, dominado por los republicanos, a que derogue el embargo. Para eso necesita que los hermanos Castro impongan su voluntad imperial (¿y se supone que Obama representa a un imperio?) y que Raúl, quien dijo admirarlo, lo ayude con algún paso no simbólico de reducción gradual del aparato represivo cubano y un deslinde de Maduro en su apoyo a grupos como Hezbolá que se encuentran en la lista de grupos terroristas de EE.UU. De otra manera Obama no tendrá mayoría congresal para cumplir con el deseo cubano.

Como en el caso del preacuerdo del programa nuclear con Irán, Obama depende de dictadores de dos regímenes totalitarios para pasar de buenas intenciones a acciones concretas. ¡Qué difícil es bajar de una cumbre!