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Roberto Lerner,Espacio de crianza

Yo no sé si los árboles mueren de pie. El que tenía frente a mi vista era un espécimen robusto, hermoso, enorme, frondoso. Pero yo no había reparado en él, no por lo menos como en este momento, que lo veo con el ojo de mi mente, hacia atrás, en el jardín de mi anterior casa, donde era una realidad protagónica, central. ¿Había estado siempre allí, en la esquina, contemplando nuestras vidas? Mi hijo tapando penales en un arco imaginario hasta que ya nadie tenía fuerzas para seguir pateando una pelota que él no se cansaba de atajar. Asterix, el pastor majestuoso, contemplando las brasas de la parrilla en una reedición del campamento paleolítico. Mi hija acurrucada sobre mis rodillas, escuchando entre fascinada y aterrorizada algunos de los cuentos que solía contarle. Las tertulias con mi hermano, mi cuñada y la presencia de mis sobrinos. Las conversaciones con mi pareja. Los amigos y esas reuniones en las que se mezclaban generaciones, confesiones, profesiones e ideologías, para celebrar cumpleaños llenos de sorpresas –los de mi suegra Kathy fueron memorables– y reencuentros.

Ese inmenso árbol que proyectaba sus ramas hacia el cielo fue testigo de la familia durante 23 años: el crecimiento de mis hijos, el de mis sobrinos, la muerte de mi padre y hermano, la de mi suegra.

Miro las olas de la playa donde somos algunos de los que estábamos bajo el árbol y otros que han llegado desde entonces: mi madre, mi otro hermano, su nieto, mis hijos, sus parejas, mi pareja, mi nieto. Y pienso que la memoria, más que para recordar el pasado, sirve para imaginar el futuro.