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Juan José Garrido,La opinión del directordirector@peru21.com

Armado de un gran espíritu y una voluntad inquebrantable, Mandela reconoció tempranamente sus inclinaciones por las causas liberales y sociales, nada menos que en una de las cárceles más grandes del mundo: Sudáfrica.

Y es que la biografía de Madiba puede entenderse desde diversas aristas, pero ninguna tan impactante como su lucha contra la segregación racial y la libertad de su pueblo. El apartheid, ese sistema que imponía una parcelación de estancos raciales, implicaba no sólo la segregación de pieles sino la limitación de las libertades más básicas.

El enfrentamiento político contra el régimen implicaría su condena, pero liberaría una silenciosa y enérgica corriente mundial contra el sistema sudafricano.

En su discurso de defensa, Mandela señaló el camino de la resistencia: "He luchado contra la dominación de los blancos y contra la dominación de los negros. He deseado una democracia ideal y una sociedad libre en que todas las personas vivan en armonía y con iguales oportunidades. Es un ideal con el cual quiero vivir y lograr. Pero si fuese necesario, también sería un ideal por el cual estoy dispuesto a morir".

Aún encarcelado, Mandela supo liderar a su pueblo con la única arma frente a la cual los sistemas totalitarios carecen de defensas: aquella de las ideas. Su mensaje, de paz y libertad, caló con tanta profundidad las fibras del sistema que, como la gota de agua, hizo poco a poco añicos la cortina de hierro racial que se anteponía entre los sudafricanos. Eventualmente se logró su libertad, y el sistema colapsó poco después, erigiéndose bajo la batuta de Madiba una sociedad próspera, libre y –sobre todo– reconciliada. Recibió en vida los máximos honores: fue presidente de su país, Nobel de la paz, y muchos otros. Empero fue, ante todo, un verdadero héroe de la libertad y la igualdad. No olvidemos nunca su legado.