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Roberto Lerner,Espacio de crianza

Imaginemos. Sin ser alarmistas. Ni caviares aguafiestas, ni ecologistas militantes. El universo nació de manera catastrófica, en una enorme explosión. La mayor parte del tiempo y en mucha de su inacabable extensión las cosas son cualquier cosa menos pacíficas: huecos negros, supernovas, etc. Nuestro planeta, no seamos inocentes, tampoco es especialmente hospitalario. La vida estuvo a punto de acabarse varias veces y en lo que va de nuestra patéticamente corta historia hubo transformaciones y turbulencias climáticas, geológicas y ecológicas, previas a la existencia de imperios malvados y capitalismos salvajes.

Sin nuestra ayuda y con ella parece que se nos acerca calor inusitado, costas sumergidas, sequías, inundaciones, tsunamis y huracanes, el único aspecto de los cuales que podemos controlar, es el nombre que les vamos a poner. Además, 80% de nosotros vamos a vivir en megaciudades, en pequeños departamentos, mami, papi e hijo único, alejados de la poca naturaleza salvaje que pueda quedar o disuadidos de visitarla por cuestiones de seguridad o logística.

Es el panorama, uno de los posibles escenarios, pero, aun con suerte, bastante probable que espera a quienes lleguen al 2040.

En ese contexto, ¿no sería mejor enseñar a los pequeños a amar espacios reducidos, actividades dentro de 4 paredes, encuentros virtuales, paisajes naturales impresos o audiovisuales, diversidad cultural documental y turismo estático? ¿Para qué entusiasmarlos con algo que no va a existir o estar muy poco disponible?

¿Angustia pensar así? ¡Pues, claro! Pero la inteligencia consiste en pensar cosas y hacerse preguntas desagradables. Entre tanto, aspiremos el aire del mar, la sierra y la selva que aún nos quedan.