Nació en Granada, en 1937. Su destino estaba llamado a ser el normal en las mujeres de su generación: casarse y tener hijos. Ni estudios ni ideas propias. Sí, obediencia al marido.

Ana, con 19 años, se casó y empezó su pesadilla. Descubrió, porque así se lo repetía el marido, que no valía nada; que no sabía nada; que no podía hablar; que no podía mirar ni asomarse por la ventana, no vaya a ser que algún desconocido la avistara. Su marido la sometió a toda clase de humillaciones; violencia física y psíquica. Fue capaz de abusar de sus propias hijas, a sabiendas de que ella no podría tomar iniciativa alguna. Salvo maldecir su suerte. Ana tuvo 11 hijos. Era habitual que él la forzara. No existía la violación en el matrimonio. Ana intentó divorciarse cuando se aprobó la ley, pero el juez (que seguramente era ciego) no vio causa. Lo volvió a intentar con éxito relativo: se divorció, pero fue obligada a vivir en la casa común. El calvario de Ana continuó. Necesitaba (algo que es común en las mujeres maltratadas) desahogarse. Y lo hizo en un programa de televisión. Apareció como lo que con 60 años era: una señora elegante, bien peinada y parecida, vestida de rojo. Habló con templanza e ironía. No se calló ninguna salvajada. El público quedó atónito. Él, el torturador, dicen que no soportó verse retratado así. Apenas 13 días después, en el domicilio común, la agarró, la ató a una silla, la roció de gasolina y le prendió fuego viva.

Tuvo que vivir y morir así para que las cosas empezaran a cambiar en España. El New York Times le dedicaba hace poco un homenaje, destacando el rol que jugó su ominoso asesinato. Cambiaron las cosas. Algo. También algunas conciencias. Menos de las deseables. Pero resta mucho por hacer.

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