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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

Nadie tan merecedor del amor, la oración y el pensamiento limpio de cada ser humano que aspira a crear una sociedad donde supervivencia y dignidad no sean términos que se excluyan. Nadie tan justamente querido y respetado. Deja Mandela, en este valle de corrupción, ya no de lágrimas, un ejemplo de dignidad que avergonzaría a muchos de los políticos actuales si fueran capaces de tener una visión crítica de su propia existencia. Comenzando por su colega étnico y gremial en el Premio Nobel de la Paz, Obama, o cualquiera de los que han montado un circo infernal en Europa para que esta pueda regresar a una suerte de feudalismo actualizado por la tecnología. Recuerdo los años 60 cuando en París, ya que la comunicación solo funcionaba verticalmente, supe de este hombre que desde la cárcel movilizaba multitudes reclamando su libertad. Eran tiempos del apartheid en los que un régimen de blancos había establecido en Sudáfrica una singular y renovada versión de la esclavitud. En medio de ese clima de barbarie, Mandela fue una luz que le recordaba a su nación y al mundo que aún somos humanos. Yo había aprendido con Martin Buber que "toda vida verdadera es encuentro" y me era fácil intentarlo desde mi posición de becario de la Unesco, pero este hombre, Mandela, lo practicaba desde una celda y rodeado de personas que creían, por conveniencia o ignorancia, en la justificación divina de la superioridad de una "raza" sobre otra. Ni los sujetos ni la creencia, infelizmente, han desaparecido.