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Beto Ortiz,Pandemoniobortiz@peru21.com

Lima es la casa, y todos sabemos, desde chiquitos, que la casa, por muy triste que sea, se respeta. Yo no creo que Lima sea una ciudad fea en sí misma. Los feos, en todo caso, somos nosotros, que la hacemos inviable, inevitable, invivible, inhabitable. Para comenzar diré en su defensa que Lima, por todas partes, tiene mar y, en consecuencia, amplia ventaja sobre muchas capitales del mundo: Lima tiene amplia ventana al infinito. El océano curte el espíritu y las pieles y ennoblece a quienes vivimos frente a él aunque por tantísimo tiempo le hayamos vuelto la espalda, traicioneros, condenándolo a ser traspatio, pampón y botadero. Lima no tiene cielo, también dicen sus difamadores. Su cielo es ceniciento, plúmbeo, panza de burro. El cielo sin cielo de Lima (Zavaleta dixit). Pero alguna vez oí a alguien decir que el cielo de Lima no era gris sino plateado, y la idea me encantó. Me quedo con eso: el acero y la plata son menos pomposos y, aunque solo fuera por esa razón, siempre serán más elegantes que el oro pacharaco de los templos del verano. Lima es plateada y palteada: metal y melancolía. ¿Lima limita? Limita con la locura y coquetea con el abismo. Lima es pudorosa y putilinga. Rucona y monjil, sobrada y humilde. Vieja pobre y nueva rica. Lima es y no es. Es fina misia, regia chusca, analfabeta viajada y cholona señorial. Lima no es ni fu ni fa, pero sí fo. Wachiturra culta. Blanquiñosa y sacalagua, fina y ordinaria, siliconeada y pelopintado, callejonera y balnearia. Sublime y pedorra. Huachafita ficha. Lima limón es limonada pero, esencialmente, es chicha. Lima es rechicha y también rechucha.

La gente se queja de que Lima es triste porque es nublada, porque es muy húmeda, porque no es todo lo verde que debería, porque jamás cae lluvia, porque chorrea apenas una raquítica garúa, porque no hay las suficientes buganvillas en flor. La gente de Lima se queja porque quejarse es lo que mejor le sale. De todo lloriqueamos los limeños, de todo reclamamos, somos expertos en armar la gran pataleta, la cagazón del año por cualquier cojudez. ¿De dónde nos vendrá todo ese espantoso engreimiento?, ¿qué virrey cretino nos habrá hecho semejante daño?, ¿quién nos convenció a los limeñitos de que teníamos derecho a vivir lamentándonos de todo?, ¿de dónde sacamos esta manía estúpida de creernos siempre la divina pomada? Ay, sí, los ambulantes me crispan, ay, sí, la luz de Lima me deprime. Pero por supuesto que Lima es triste, nunca seremos Río de Janeiro ni queremos serlo. Es precisamente ahí donde radica su belleza, aturdidos. En cualquier calle del centro es posible encontrar a la poesía que no es necesariamente el carnaval, que es, más bien, la elegancia de la pena. Es en esta ciudad de tristes corazones donde mis padres –todavía jóvenes enamorados y ya pensando en la casa propia– alguna vez abrieron un restaurant que no llegué a conocer y al que llamaron Limeñísima. Es este el lugar en el que trabajaron de sol a sol, en el que se rompieron los lomos sin descanso para que algún día ocurrieran aquí sus mejores sueños. Yo, por ejemplo.

Lima es mi casa porque es el lugar que escogieron mis padres y los padres de mis padres. Para que yo viera la suerte que tenía, un señor caminante de maletín negro, ese distinguido visitador médico que es mi papá, me llevaba de peregrinación por Villa María del Triunfo cuando no era un distrito sino una gran barriada polvorienta donde las casas eran tan frágiles como en el cuento de los 3 chanchitos, donde el agua la traían en camiones. Y las sabrosas calles de Breña las conocí muy chico de la mano de la estricta señora directora de un colegio del jirón Restauración. Un colegio que era tan pequeño que no tenía patio, de modo que, para salir al recreo, había que recorrer varias cuadras hasta llegar al complejo deportivo, un colegio que no tenía nombre sino número:1022 y al que yo asistí desde los 3 años porque la estricta señora directora no tenía con quién dejarme y me llevaba diariamente a su trabajo, donde era muy feliz dibujando y leyendo, leyendo y dibujando, para que vean ustedes la suerte que yo tenía. En esta ciudad transcurrieron mis más fantásticas aventuras: tomar por asalto los torreones del Castillo Rospigliosi cuando vivía, rodeado de canales de TV, en la austera Santa Beatriz, o internarme de explorador en esos extensos sembríos donde, mientras se cavaban los primeros cimientos de una futura urbanización, todavía pastaban con desgano las holgazanas vacas de San Borja. Es por estas calles que más he guerreado y reporteado, paseado mi humanidad, perreado y mataperreado. Es por estas veredas que he buscado lo inencontrable, suspendido la realidad y arrastrado el alma. En Lima nací, en Lima aprendí a caminar, leer y escribir; en Lima fui a mi primer tono, fumé mi primer cigarro y me pegué mi primera bomba; en Lima me enamoré la primera vez y me enamoraré la última; en Lima aprendí el periodismo y salí a cubrir mi primera comisión cuando los carros circulaban por el Jirón de la Unión y también reventaban, de vez en cuando, cargados de anfo y dinamita en las esquinas. Aquí me he sentado a conversar con presidentes, sabios, putas y narcos. Aquí me han invitado a grandes coloquios y banquetes, y me han llevado, de grado o fuerza, a tribunales. Es este el lugar de la tierra donde más me he sido agraviado pero es, sobre todo, el lugar de la tierra donde más he sido abrazado, de modo que es en este aire que hoy respiro donde quiero que algún día se esparzan mis tóxicas cenizas. ¿Cómo podría yo atreverme a renegar de esta ciudad?

Pero desde la puerta de esta crónica yo miro la avenida Tacna con amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú? ¿El Perú? El Perú no se ha jodido, miserables.