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PPK, quien para muchos tuvo una campaña con altibajos y ganó por 40,000 votos, es presidente con justicia. Ya en el sillón de Pizarro, muestra su verdadera personalidad y empieza a recoger el calor popular. Baila, toca flauta, le gustan los perros, hace gimnasia. Su estilo también lo refleja en algunas declaraciones ("un poquito de contrabando" o "que se va a jalar congresistas") que ya le han traído problemas, es espontáneo y, siendo presidente, no es un político tradicional.

A algunos políticos no les gustan sus formas, pero la población parece tener buena receptividad ante este nuevo aire tras Alejandro Toledo y la hora Cabana, Alan García con su aire de ser inalcanzable y Ollanta Humala opacado por Nadine Heredia. PPK debe aún asimilar que ya no es candidato, sino presidente y no tiene por qué declarar diariamente, tal vez debería dosificar sus intervenciones.

PPK ya ha tenido varios actos, además de su calistenia y de sus mandamientos a los ministros (incorruptibilidad, modestia, apertura con la población, conoce el Perú, ubícate y ocúpate de tu ministerio, chequea con PCM o el Presi). Él se ocupó de La Oroya, lo que algunos han criticado, se pronunció acerca del contrabando y la minería ilegal, temas a los que hay que darles solución. Su discurso de apertura sorprendió –enfocado en la revolución social, agua y saneamiento, salud, educación y seguridad ciudadana–, pues algunos esperaban uno orientado a los inversionistas, pero él se ha enfocado en las necesidades básicas de la población, porque satisfechas estas, se verá reducida la conflictividad social y la inversión llegará.

El estilo de PPK ha refrescado la política nacional y elevado el índice de confianza empresarial, y esto impacta en el proceso de decisión de la inversión privada. PPK parece que cumplirá el rol de director de orquestas y delegará muchas de las acciones en los ministros y colaboradores.