El lamentable deceso del congresista Hipólito Chaiña, víctima del COVID-19, que contrajo –como se especificó a través de un comunicado– durante el ejercicio de sus funciones como parlamentario, es también un duro recordatorio de que la amenaza del patógeno está más viva y fuerte que nunca entre nosotros. En esta segunda ola, nadie está libre de caer infectado.

Lo del congresista Chaiña, médico de profesión, debería servir como advertencia a los políticos locales, en especial a quienes se encuentran en campaña electoral, para que tomen en serio los riesgos que implica hacer proselitismo en tiempos de pandemia. Los protocolos están para acatarse de manera estricta y, sin ir muy lejos, el Parlamento, por ejemplo, debería suspender las así denominadas semanas de representación y dedicarlas, en cambio, a trabajar en el plano legislativo y fiscalizador por vía remota.

No conviene olvidar que desde que la pandemia fue declarada en el país, son 26 los representantes que han dado positivo a las pruebas sobre la enfermedad.

Y no solo en el ámbito del Poder Legislativo o de la política está presente el riesgo. Como informó ayer la ministra Claudia Cornejo, si bien algunas curvas de contagio en las zonas más afectadas del país se han desacelerado ligeramente, estas continúan en ascenso. Los promedios diarios de contagios y fallecidos en territorio nacional siguen subiendo.

Es difícil entender, en ese sentido, que sean casi 200,000 personas las que se hayan detenido por violar las normas sanitarias en las últimas tres semanas, 331 de ellas por participar en fiestas COVID que desafían todas las recomendaciones de salud. Con 45,000 muertos reconocidos oficialmente y, pese a la cuarentena obligatoria, con los contagios todavía en aumento, los peruanos no podemos darnos el lujo de ser imprudentes. Un simple minuto de descuido o distraída exposición basta para que el virus, como se dice, agarre carne.

Es el peor momento para aflojar o retroceder con los protocolos básicos. Protejamos a los nuestros asumiendo los cuidados con responsabilidad y constancia. Evitemos que la segunda ola se convierta en maretazo.