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Alan García, a un mes de su suicidio

“Nytha Pérez Rojas recibió la noticia (...). De pronto escuchó lo que ninguna madre quisiera saber. ¡Qué has hecho, hijo! ¡No has pensado en tu país!”.

Historia. El 23 de mayo hubiera cumplido 70 años. Aquí Alan García posando para una de las últimas entrevistas que dio a Perú21.

Historia. El 23 de mayo hubiera cumplido 70 años. Aquí Alan García posando para una de las últimas entrevistas que dio a Perú21. (GEC)

Historia. El 23 de mayo hubiera cumplido 70 años. Aquí Alan García posando para una de las últimas entrevistas que dio a Perú21. (GEC)

Hace un mes, Nytha Pérez Rojas recibió la noticia. Pese a que la información ya daba la vuelta al mundo, no tenía idea de lo que había pasado. De pronto, escuchó de un familiar lo que ninguna madre quisiera saber: “Se ha ido como un grande, se ha ido como quería irse… ya no está más”. La reacción, según cuenta un sobrino, más bien fue la de la política, la de la mujer fuerte a pesar de sus 94 años: “¡Qué has hecho, hijo! ¡No has pensado en tu país!”.

Alan García Pérez hubiera cumplido, este 23 de mayo, 70 años. Su madre, considerada hasta ahora la mejor oradora que ha tenido el Partido Aprista, es de quien habría heredado el don de la palabra. Según aseguran sus familiares, “Alan declamaba desde pequeño frente a los espejos”. Cuentan que “eran discursos enérgicos y siempre soñó con ser presidente”. Una conducta que asomaba incluso antes de poder conocer a su padre, Carlos García Ronceros, quien llegó a su vida cuando ya había cumplido cinco años. Lo encarcelaron en El Frontón, a consecuencia de la revolución aprista de octubre de 1948, dos meses antes del nacimiento de su segundo hijo. Nytha había decidido nunca llevar a los niños de visita al penal. Por eso, cuando don Carlos regresó a casa, Alan, el menor de los dos, le llamaba ‘señor’: “Señor Carlos, señor García le dijo durante un año, por lo menos”, refieren allegados al expresidente.

Para algunos expertos, esto habría marcado la vida de Alan: “Es un rasgo que podría entenderse como falta de aceptación de la ley en el sentido de que no conoció al principio de su vida la autoridad paterna. Si consideramos que Alan no tenía más ley que la propia y su mayor miedo era caer preso como el padre, no es de extrañar el desenlace que hoy conocemos”, aseguran.

A pesar de eso, en la familia lo recuerdan “travieso e incansable. No había mueble que lo contenga”. Aun así, siempre respiró política. “Sus padres se conocieron en medio de la persecución que sufrieron tantos apristas. Fue el propio Haya de la Torre quien pidió al padre de Alan volver al Perú desde Chile, adonde había sido deportado. Llegó al Puerto de Matarani en barco, escondido y en esas correrías se enamoró”. Nytha era una corajuda militante quince años menor que él y no dudó en enfrentar a sus propios padres en nombre del amor.

No cuesta imaginar entonces a la familia en pleno, un domingo en la Casa del Pueblo. “Alan tenía 12 años cuando dio su primer discurso en el Aula Magna y Víctor Raúl le echó el ojo. Preguntó quién es el chico y le respondieron: el hijo del ‘Mudo’ García. Después de eso, lo llamaba cada vez que podía”. Para Alan, aseguran varios compañeros apristas, Víctor Raúl era como su padre.

Saltando la cronología, la famosa cura de sueño de Alan García precisamente ocurrió a raíz de la muerte del fundador del Apra, en 1979. Cuentan que organizó el cortejo fúnebre de su líder sin descansar por cuatro o cinco días, llevando los restos de Haya de la Torre de Lima a Trujillo, donde finalmente fue enterrado. Luego vino algo así como el delirio: “Es una historia muy rara”, confiesa un antiguo militante. “Se decía hijo de Víctor Raúl y no había quién lo calmara. No sé cuántos días estuvo dormido en la Clínica Virgen del Carmen, pero fue Pilar (Nores) la que lo cuidó día y noche.”

Cuando ocurrió la muerte de Haya, Alan ya había terminado de estudiar la carrera de Derecho. En San Marcos, primero, y luego en la Universidad Católica, donde realizó estudios de pregrado; sin embargo, no lo recuerdan especialmente participativo. “Era peculiar porque iba al partido, pero no era un activista. Nunca fue dirigente (universitario) y nadie lo tomaba en cuenta en ese sentido porque nunca estaba”.

Cartas a un maestro. Aníbal Ísmodes, profesor sanmarquino, fue un referente para Alan García con quien mantuvo intensa correspondencia cuando estuvo en Europa, en los años setenta. Reflexiones personales y acerca de historia, filosofía y referencias al Perú y amigos comunes aparecen en este intercambio epistolar.

Cartas a un maestro

Cartas a un maestro

Cartas a un maestro

Cartas a un maestro

Cartas a un maestro.

Cartas a un maestro.

Cartas a un maestro.

Cartas a un maestro.

Cartas a un maestro.

Cartas a un maestro.

Cartas a un maestro.

Cartas a un maestro.

Luego se mudó a Europa. En Madrid y París varios lo recuerdan con casaca de cuero y guitarra en mano, gracias a la que cubrió parte de sus gastos como estudiante: “No se sabe cómo llegaron al ‘Tánger’, nombre del bistró, pero lo que sí se sabe es que les fue bastante bien. Entre Alan y (Oscar) Pintado (un amigo mexicano) hacían doscientos francos, aproximadamente, por noche. Cantaban rancheras, pero también boleros, cuyas letras suelen constituir, según algunos, la mejor contribución latinoamericana al pensamiento occidental”, habría recordado un amigo de esa época en una crónica.

Documentos inéditos obtenidos para este Retrato comprenden también, entre otros, las cartas que un impetuoso Alan García, entre 1973 y 1974, escribía a su maestro –según aseguran, el más importante después de Haya de la Torre–, el multifacético profesor Aníbal Ísmodes Cairo. Con trazos apurados a veces y con mayor prolijidad otras, siempre uniendo por encima las palabras que contenían la letra T, García envió varias paginas adornadas con decenas de nombres de los más destacados académicos de las ciencias políticas y sociales de la época. Cerraba con un corto análisis de la realidad peruana y siempre con una autocrítica –aunque benevolente– en contraste con los recargados ríos de conocimiento que chorreaban de esos escritos.
Cuentan que una vez, Javier Valle Riestra perdió los papeles con él en Madrid. Era 1976 y, violentamente, lo que nunca han podido olvidar los asistentes, García le increpó por su falta de consecuencia, por no estar trabajando en su país contra el gobierno militar. Valle Riestra, recuerdan, lo echó de su casa.

Pronto el ‘Jefe’ lo convocaría para regresar al Perú y trabajar juntos en la Asamblea Constituyente. Nadie, ni Haya, podía imaginar que en menos de diez años el joven pupilo sería presidente. “La personalidad de Víctor Raúl era tan grande que nosotros solo éramos sus discípulos y guardábamos la compostura. Tras su muerte, sin embargo, con la derrota de Armando (Villanueva) y la disidencia de (Andrés) Townsend, Alan dio el gran salto”, explica un compañero de su promoción.

El sueño de Haya finalmente se cumplía: llevar el partido al poder. Pero varios habían advertido rasgos de inestabilidad emocional en Alan. Hablaban de trastornos de personalidad, el llamado ‘histriónico’ específicamente, y decían que pasaba días enteros trabajando con sus ministros, incluso de madrugada, cuando dejaba de dormir hasta cuatro días seguidos. Sin embargo, lo peor venía cuando perdía el control.

Mañana, en la segunda parte de este Retrato, la ruta hacia el declive del dos veces presidente del Perú. El camino hasta el desenlace fatal de Alan García. Un final impensable para uno de los descendientes de los fundadores del partido: “Nadie de mi generación –o mayores– en su sano juicio entiende que un aprista se suicide, no ha sucedido ni en los peores momentos. Hemos soportado persecuciones, torturas y cárceles, pero esto no ha ocurrido jamás”.

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