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La semana pasada abundaron las teorías conspirativas sobre el divisionismo al interior del Ejecutivo y sus efectos en la correlación de fuerzas legislativas. Los analistas especularon sobre "facciones" que exhibían maquiavélicas estrategias para inclinar la balanza hacia su favor. Las denuncias de "reglajes" y tuits eran interpretadas como parte de un intenso ajedrez político. Contrario a mis colegas, creo que se ha sobredimensionado la organicidad de la dinámica política peruana.

Para empezar, hablar de "facciones" supone una premisa: la existencia de un partido político cuyo control sea materia de pugnas. El nacionalismo es una extensión del personalismo de la pareja presidencial; no porta un capital político envidiable para dar la vida por él. Por otro lado, el propio término "facción" implica una estructuración en la división, alineamientos estrictos y elementos de cohesión en cada una de las alas. Jara y Urresti, supuestas cabezas faccionales, son personalidades atractivas pero con capacidades de injerencia y ascendencia limitadas. Aunque –potencialmente motivados por la ambición electoral– quisieran construir coaliciones propias, no podrían hacerlo en medio de las arenas movedizas de la política peruana.

El desorden y la precariedad al interior del gobierno se ajusta más a la impericia de individualidades prestas a defender sus intereses. Insinuar una estrategia colectiva –lo que hay son afinidades superficiales entre colegas– supone un nivel de organicidad ausente. El individualismo hace más incierto e inocuo el resultado. No es lo mismo el ajedrez –con dos jugadores que maniobran las piezas a placer– que el ensimismado solitario. El quehacer de nuestros políticos se ajusta más a este último pasatiempo.