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El presidente Humala reaccionó ante los sucesos en Pichanaki con un llamado al protagonismo de las autoridades subnacionales. El objetivo, según su argumentación, es restarle espacio a "agitadores profesionales" –como ha catalogado a los dirigentes sociales de las protestas contra Pluspetrol–. Para el mandatario, "ellos (los agitadores) no quieren adaptarse al desarrollo del país", sino que buscan "violencia, atraso y confrontación". El discurso de Humala exhibe reminiscencias con el de su antecesor García; particularmente en su referencia implícita al "perro del hortelano". La grave contradicción es que, hace cinco años, Humala representaba lo que ahora rechaza.

Sin embargo, el establishment político y económico del país debiera sentirse contento. El otrora amenaza radical –"chavista", "velasquista" y "antisistema", que tanto miedo produjo a la Bolsa de Valores y al "clima de negocios" de la capital– es hoy el más acérrimo defensor de las inversiones o el "desarrollo del país", como prefiera llamarles. El antaño "agitador" de Locumba y azuzador de la insatisfacción social en todos los rincones del Perú, también usufructuario político del 'Andahuaylazo', pide paños fríos, mesura y mano dura contra los alfiles de los "intereses económicos subalternos". La primera dama –musa del 'Locumbazo', según su propia versión– secunda esta invocación y sugiere al Congreso la elaboración de un marco legal capaz de frenar "a los instigadores de la violencia".

¿Qué sucede con los "agitadores" cuando alcanzan el poder? ¿Son coactados por un fortísimo sistema de "buenos modales" o sucumben ante convicciones ideológicas espurias y febriles pragmatismos? Parece que, una vez agitados, estos ex radicales llegan dóciles al poder.