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Roberto Lerner
Roberto Lerner

Pocas vivencias tienen peor prensa que el aburrimiento. Sobre todo ahora que el mundo está tan lleno de cosas que hacer y mirar, que vivimos sumergidos en el multitasking permanente. Además, perder un solo minuto de nuestro tiempo es casi un pecado cuando hay tanto que aprender en nuestra permanente capacitación para hacernos un lugar en el mundo.

¿Para qué sirve esa inquietud, ese vacío, ese malestar, esa insatisfacción con lo que tenemos al frente?

En primer lugar, si no nos aburriéramos, seguiríamos haciendo lo mismo todo el tiempo, sin pausa, y quizá de manera obsesiva o también mecánica.

En segundo lugar, el aburrimiento nos aleja de lo inmediato, de lo exterior, para hacernos vagar mentalmente, soñar despiertos. Nos saca de esa atención ejecutiva que administra el mundo directamente, para llevarnos a una atención difusa y flotante que es ideal para encontrar lo inusual, lo inesperado, las conexiones ocultas que dan nuevos sentidos a las cosas y nos hacen entenderlas desde perspectivas novedosas.

Si planteamos dos tareas, digamos escribir una lista larga de nombres y números telefónicos o leerla en silencio, no precisamente excitantes, y luego administramos un test de creatividad, los resultados luego de la más aburrida —leer pasivamente— son bastante mejores. En otras palabras, aceptar desconectarse del mundo, en un primer momento sentido como aburrimiento, puede ser una puerta que lleva a ideas novedosas, pone en contacto con la calma interior y nos prepara para regresar refrescados a lo cotidiano, al trabajo, al negocio —lo que no es ocio, otra palabra prohibida— de lo habitual.

Atrevámonos a rescatar ocio, aburrimiento y ensoñación. Revisar correos, saltar de un lado a otro en Internet, ingresar en las redes sociales, ver vídeos, de manera obsesiva, no los reemplazan; al contrario, los matan.

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