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Abonado vitalicio

“Más allá de desafueros y blindajes, su nombre parece perpetuamente abonado —en todos los sentidos de la palabra— al despropósito, el cinismo y la prepotencia”.

Héctor Becerril

Becerril indicó que si bien se otorgó la cuestión de confianza vinculada a seis proyectos de reforma política, "no hay ningún compromiso" de mantener la 'esencia' de las iniciativas. (Foto: Congreso / Video: TVPerú)

Editorial Perú21
Editorial Perú21

Cuando se habla de la indigencia moral del actual Congreso de la República y la bancada que lo domina, es imposible eludir la figura de Héctor Becerril como su más emblemático referente: más allá de desafueros y blindajes, su nombre parece perpetuamente abonado –en todos los sentidos de la palabra– al despropósito, el cinismo y la prepotencia, cuando no a acusaciones directas de corrupción.

Del parlamentario de Fuerza Popular se sabe que sus pinitos como operador político los hizo en la Universidad Nacional de Trujillo, como militante y luego longevo dirigente estudiantil de Patria Roja, grupo maoísta de vasto prontuario en el ejercicio de la violencia y la extorsión como estrategia central de la política universitaria, experiencia que quizás le sirvió, por ejemplo, para aliarse, durante la última huelga magisterial, con los maestros del Conare-Movadef, nada menos que brazo legal de Sendero Luminoso, con tal de que estos alargaran la medida –una vez depuesta por el Sutep– para así desestabilizar al entonces presidente Pedro Pablo Kuczynski.

Pero si la falta de escrúpulos es el sello de fábrica de su vida pública, también lo es en sus negocios ya no tan públicos, como lo demuestra la investigación que le ha abierto la fiscal de la Nación, Zoraida Ávalos, por sus vínculos con Los Temerarios del Crimen.

Eso, sin olvidar la debilidad que el congresista siente por los porcelanatos, que, según confesión de una conocida empresaria trujillana, le habría pedido en gran cantidad para su residencia, a cambio de favorecerla con la adjudicación de la obra de una planta de transferencia de residuos sólidos en Chiclayo, comprendida en el mismo caso.

Que Becerril se sienta cómodo insultando a la comunidad LGTBI por su próxima marcha el sábado, y por las actividades de hoy en el Congreso, no debe entonces extrañarle a nadie. Que un sujeto involucrado por la justicia en actividades tan preclaras como el tráfico de residuos sólidos, emerja de su hábitat natural de negocios, tras un periodo de relativo silencio –acosado por sucesivas denuncias– para ufanarse públicamente de su propia ignorancia y nulo sentido democrático, es solo un acto de escatológica coherencia.

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