(GEC)
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Adolfo Mamani estaba muerto dos semanas antes de que muriera. El resfrío era pulmonía cuando llegó al Hospital Goyeneche, en Arequipa. Tenía virus y miedo. Esperó dos días hasta que lo transfirieron al Hospital Delgado. Es un hospital especializado, se le dijo como esperanza. Al llegar, pasó a una carpa y le dieron una silla. Allí siguió esperando otros cinco días más. Al menos te protege del frío, se le dijo como consuelo. Otros con peor suerte se guarecían dentro de los carros estacionados en la calle. También esperaban una cama para poder respirar.

El presidente visitaría el hospital el domingo. Han metido a los enfermos a una carpa para que no los vea, decía la calle. No era cierto. No había camas dónde tenerlos. Pero ese día Adolfo consiguió una. Alguien que moría le dejaba su lugar. Sin embargo, Celia Capira, su esposa, aún no lo sabía. Aguardaba al presidente en la puerta del hospital para pedir ayuda. El presidente ni la vio ni la escuchó. Pero todo el país sí, en un video que se hizo viral. La vimos perseguir la camioneta que rescataba al presidente de las protestas. La oímos suplicar: mucha gente se está contagiando por falta de apoyo, ¿por qué el presidente es tan malo?

Pero después sintió alivio porque ya Adolfo tenía cama. Nadie le explicó que era una simple cama de hospital, sin respiradores artificiales ni cuidados intensivos. Entendió su tragedia cuando le pidieron un balón de oxígeno. No había en el hospital. Tampoco en Arequipa. La planta que lo produce hace tiempo que no funciona. Nos cuenta que fue animal carroñero esperando que alguien muriera para robarle su balón. Que se humilló arranchando a otros el oxígeno que también necesitaban para vivir. Que eso era matarlos, ¿verdad? Que nunca sufrió tanto. Fue poco el oxígeno que consiguió. Cuando Adolfo murió el martes, Celia no pudo llorar, estaba agotada de tanto dolor. Mientras tanto, muy cerca, el nuevo Hospital Cerro Juli tenía 200 camas con sistemas de oxígeno. El Gobierno Regional aún no lo abría.

Las pérdidas materiales se van a recuperar. Tarde o temprano regresaremos a los niveles prepandemia. Pero las heridas por humillación y desamparo no cicatrizan, duran generaciones. O quizá no, porque a veces basta la compasión para vencer desgracias. Entonces nos debemos arrodillar, no para rezar, sino para levantar al que está caído. Ese gesto gana guerras, aunque se pierdan batallas. No hay que dar la vida, como se ofrece en el himno popular de “Contigo, Perú”. Solo un poco de compasión. Este 28 de julio, la patria es el prójimo.