(Britanie Arroyo/GEC)
(Britanie Arroyo/GEC)

¿Podemos pensar en el 28 de julio en medio de cientos de compatriotas enmascarados, adoloridos, donde cada día la muerte ronda ante un microscópico organismo que pulula en el aliento y respiración de los peruanos? Estamos cerca de recibir nuestro día patrio en condiciones no vividas desde tiempos de guerras.

Estamos por emprender el año del bicentenario, cuyo horizonte podemos intuir pero no sabemos en qué condiciones llegaremos. Lo que busco es una reflexión de lo que somos capaces de hacer los peruanos con nuestros lados heroicos, pero también los que arrastramos con cadenas. La proclamación de la independencia, el día en que San Martín nos dijo a los peruanos que seríamos libres por la “voluntad general de los pueblos”, fue una fecha simbólica dentro de un proceso que duró décadas. Fue aquel instante que perenniza la decisión de romper con un imperio, como asegura la historiadora Carmen McEvoy. Sin embargo, la gesta de “personajes de libro” que eran tan humanos como cada uno de nosotros fue profunda, arriesgada, de lucha de poderes, traiciones y aprendizajes. Desde la rebelión de Túpac Amaru, en 1780, pasando por la proclamación del acta de independencia en 1821, las batallas de Junín y Ayacucho en 1824 y la capitulación en el Callao en 1826, pasaron muchos hombres y mujeres, mucha sangre y sacrificios que valieron un Perú.

A casi 200 años de república, los desafíos, que el virus ha desnudado sin piedad, siguen siendo los mismos enemigos: precariedad, desorden institucional, corrupción y tentación anárquica (informalidad). Debemos estar seguros de que hemos avanzado, pero hay cosas irresueltas que generan este “nudo histórico” que no nos permite sacudirnos. Debemos explorar nuestra propia oscuridad. Somos lo bueno y lo malo. Primero hay que aceptarlo y después enfrentarlo como nación.

Pese a todo, saldremos de esta. ¡Feliz 28!