(GEC)
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Al margen del balance del presidente Vizcarra sobre la pandemia y su gestión, en estos 102 días, qué duda cabe, se nos tumbó de un plumazo lo que creíamos haber logrado con un sostenido crecimiento macroeconómico en las últimas décadas. ¡Crecimos sí, pero, oh sorpresa, no habíamos progresado y tampoco cambiado!

Es cierto que nadie podía prever una calamidad planetaria de este tamaño, pero nos vemos ‘calatos’ en políticas públicas cuando creíamos equivocadamente estar compitiendo en ligas intermedias, aspirando a ser parte del exclusivo club de la OCDE. Y, rumbo a nuestro bicentenario, claramente nos explotó la realidad. Hemos constatado en tres meses lo opuesto a lo que nos contaron durante 30 años. Somos informales en porcentajes altísimos; no tenemos cuentas bancarias; vivimos hacinados; mucha gente no tiene agua; tenemos más televisores que refrigeradoras; que la clase media emergente, de la que tanto nos jactamos emocionados, hoy desempleada, vuelve a la total vulnerabilidad y a la pobreza; que la clase política y empresarial tiene una incapacidad endémica de comunicación horizontal para lograr el bien común; que estamos bajo un contrato comunitario social del siglo pasado, que aún esperamos que ‘papá gobierno’ nos diga qué hacer ante la desorientación, y peor aún, esperamos, con encuesta a favor, que hasta fin de año nos encierren en las noches por nuestro bien.

Las medidas de coyuntura, de reacción, no han permitido una regeneración nacional y hoy, ante un estado de desastre, se nos evidencian nuestras debilidades estructurales. Sin reformas de fondo, dentro de una tremenda crisis sanitaria, económica y con una elección ad portas, está en juego nuestra propia viabilidad como nación.