Los manifestantes antigubernamentales tunecinos gritan consignas durante una manifestación en Túnez. (Foto: EFE / Mohamed Messara)
Los manifestantes antigubernamentales tunecinos gritan consignas durante una manifestación en Túnez. (Foto: EFE / Mohamed Messara)

En el 2010, Mohamed Bouazizi, vendedor ambulante de la ciudad de Sidi Bouzid en se inmoló, quemando su cuerpo en forma de protesta contra el gobierno del presidente Zine El Abdine Ben Ali, quién llevaba 20 años de gobierno autoritario.

Desde aquel momento, las protestas se intensificaron y muchos de los que participaron de la Primavera Árabe fueron perseguidos y asediados tras la toma de poder de Abdelfatah al Sisi, quién en 2013 a través de un golpe de estado se autoproclamo presidente, poniendo fin al primer intento de gobierno civil.

ACTIVISMO DESDE PARÍS

Tamim Heikal, de 42 años, se fue de Egipto en el 2017, refugiándose en París después de sentirse amenazado por el aparato de Seguridad del Estado, cuyos agentes lo citaron para “tomar café”, “eso en Egipto significa que puedes ir y no volver”, cuenta en una entrevista con la agencia Epa, participada por Efe.

Heikal, afirma haber intervenido en las protestas que iniciaron el 25 de enero del 2011, en contra del dictador Hosni Mubarak, asimismo, comenta que el 28 de enero se intensificaron en un autentico revuelo popular. Ese mismo día, acudió a la plaza Tahrir y allí se quedó: “Para mí, no he dejado la plaza hasta ahora, porque no he parado de trabajar en política desde entonces”.

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Recuerda con emoción aquella vez en la plaza, un hombre le convenció de que podían derrocar a Murabarak: “Hasta entonces no tenía la confianza de que podíamos conseguirlo, pero la insistencia que vi en sus ojos y la confianza que tenía en sí mismo... Esa noche creí que podíamos lograrlo”.

El 11 e febrero, después de la abdicación del “faraón”, tras casi 30 años en el poder, Heikal, instauró su partido político. Entro en el primer Parlamento postrevolucionario y continúa haciendo política, promoviendo la libertad de expresión en el mundo árabe, desde su confinamiento parisino.

“Por supuesto, no se puede hacer política desde el extranjero, pero hay muchas actividades que podemos realizar para apoyar nuestros objetivos y los sueños que soñamos en la plaza Tahrir”, afirma.

“Nuestras expectativas y esperanzas eran muy simples en aquel momento”, relata. “Solo queríamos justicia, libertad, vivir nuestra vida mejor y tener el derecho de construir nuestro país de la forma que queremos. ¡Es nuestro futuro!”

“Todavía tenemos esos sueños, pero hemos cambiado mucho y tenemos que aprender muchas cosas de política”, admite Heikal, quien acepta los equívocos de los jóvenes de Tahrir y de las fuerzas políticas liberales: “Queríamos hacer la revolución, pero no teníamos las herramientas para gobernar después o para organizarnos”.

Durante estos diez años, Tamim Heikal, tuvo sentimientos encontrados, sin embargo, en este aniversario se siente optimista: “La revolución tuvo éxito, no políticamente pero sí logró cambiar muchas cosas”.

Por último, declara con brillo en los ojos que “ahora sabemos lo que queremos para el futuro, lo que significa tener un líder, un Gobierno, una democracia, cómo podemos construirla”.

El activista egipcio Tamim Heikal, posa para una fotografía en París, Francia. (Foto: EFE/Mohamed Badra)
El activista egipcio Tamim Heikal, posa para una fotografía en París, Francia. (Foto: EFE/Mohamed Badra)

ASILO POLÍTICO EN ESPAÑA

Belal Darder, escapó de Egipto en el 2016, para evitar una condena de 15 años de cárcel por documentar con fotos y palabras los acontecimientos de la época. Desea que la revolución nunca hubiese ocurrido, pues así nunca se hubiera separado de su madre, a quien no pudo ver antes de que falleciera.

“A veces deseo que no hubiera pasado la revolución. Echo de menos muchas cosas, a mi familia, a mi madre (...) Me hubiera gustado pasar mis años en Egipto”, dice en una entrevista telefónica con la agencia Efe.

El joven reportero de 26 años, no participó de las protestas del 25 de enero porque aún era menor de edad, pero las siguió “con entusiasmo” por televisión. “Me da pena que la situación en Egipto sea tan injusta que me haga pensar esto, porque la revolución fue un acto noble, para pedir libertad, derechos, justicia social”.

Asimismo, en 2013 se compró una cámara y comenzó a escribir en un blog, aprendiendo a ser periodista amateur. Posteriormente, colaboró con medios internacionales contando lo que ocurría en las calles de Egipto.

“Me gustaba mucho mi trabajo, pero duró apenas dos años”, lamenta. Hasta que un abogado lo llamó para comunicarle que había sido condenado por ese trabajo, acusado de “conspirar con entidades extranjeras” y “difundir información falsa”, entre otros cargos.

Pocos días después de recibir el aviso, voló a Hong Kong y luego a Malasia, en donde fue acogido por un amigo mientras solicitaba asilo político. “Conocía a activistas y periodistas, y sabía lo horrible que es la cárcel en Egipto”, asegura Darler.

En 2017, España aceptó su solicitud y en octubre de 2019 le fue concedido el asilo. Aprendió el idioma, encontró trabajo y “el amor de su vida” en Madrid, donde dice sentirse “integrado” y “un refugiado afortunado”.

Diez años después de la revolución, solo se queda con una lección: “Somos más realistas, tenemos más conocimiento y conciencia. Es la única cosa positiva, pero hemos perdido mucho por el camino, hemos perdido a compañeros, a familiares, vidas humanas” y asegura que “no tiene ningún motivo para regresar a Egipto”

EN LONDRES SIN REMORDIMIENTOS

Mina Thabeth es un joven de 30 años, defensor de los derechos de las minorías egipcias que comenzaron a movilizarse poco después de la revolución del 11 de enero. Por ello, comenta a la agencia Efe, que: “Si volviera atrás haría lo mismo”.

Siempre aspiró a conseguir plenos derechos, igualdad y seguridad que jamás encontró en la dictadura de Mubarak.

“Vi en la revolución una oportunidad para mejorar las cosas, para tratar de cambiar mi realidad como cristiano copto, miembro de una minoría religiosa oprimida, sujeta a discriminación y violencia cada día”, explica Thabet a Efe.

Por ello, fundó junto a otros activistas la Unión de Jóvenes de Maspero, nombre por el que se conoce la sede de la radiotelevisión estatal egipcia y junto a la que empezaron a protestar y acampar los coptos. “Queríamos acabar con la discriminación o al menos ponerla en evidencia”, indica.

A pesar de la represión del Ejército en cada una de las manifestaciones, continuó su activismo a favor de los marginados en Egipto, a través de distintas organizaciones. Hasta que, como jefe del departamento de Minorías de la ONG Comisión Egipcia de Derechos y Libertades, fue detenido en 2016 y mantenido en prisión preventiva durante un mes por acusaciones como “difundir información falsa” y “unirse a un grupo terrorista”.

En el 2017, decide marcharse de Egipto, estudiar un master en Escocia y quedarse en el Reino Unido, pues temía por su vida. “No quería volver a vivir esa experiencia horrible”, dice sin remordimientos.

“Lo que me ocurrió me hace creer en el trabajo de los activistas y las organizaciones de derechos humanos, en la necesidad de seguir haciendo lo que hacemos y seguir hablando por los que están en la cárcel” en Egipto, declara.

Diez años después de la revuelta y con numerosos activistas, políticos, sindicalistas y periodistas encarcelados, Thabet admite: “Hicimos lo que teníamos que hacer, lo intentamos y no tuvimos éxito. Cometimos muchos errores, aprendimos de esos errores y seguimos aprendiendo, pero nunca nos dieron una segunda oportunidad”.

Mina Thabet activista egipcio por los derechos de las minorías ahora tiene 30 años, participó en el levantamiento del 25 de enero de 2011 que condujo a la salida del entonces presidente Hosni Mubarak. (Foto: EFE/Andy Rain)
Mina Thabet activista egipcio por los derechos de las minorías ahora tiene 30 años, participó en el levantamiento del 25 de enero de 2011 que condujo a la salida del entonces presidente Hosni Mubarak. (Foto: EFE/Andy Rain)

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