Redacción PERÚ21

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Tienen hasta siete pisos, paredes de colores fluorescentes y albergan desde una pista de baile hasta un cómodo departamento. Son los , edificios ícono de la nueva burguesía aymara, y que se expanden de la mano de la boyante economía de Bolivia.

Se erigen a 4,000 metros de altura en la ciudad del El Alto, una localidad pobre cerca de La Paz, y en donde quienes empiezan a beneficiarse de la bonanza económica del país no se mudan a un barrio rico, sino que construyen su castillo allí mismo.

Lo dueños de estas edificaciones, "aparte de ser clientes, son promotores de esta nueva arquitectura. Son comerciantes, son transportistas, mineros, personas dedicadas a la gastronomía", con un común denominador: su origen aymara, explica Freddy Mamani, el ingeniero creador de estas obras barrocas neoandinas que pueden llegar a costar hasta un millón de dólares.

EL CHALET VA ENCIMA DEL EDIFICIOMientras masca frenéticamente hojas de coca para enfrentar la altura, el guía suizo Serge Ducroc explica en francés a turistas canadienses las cualidades de los 'cholets', palabra que se conforma de la simbiosis entre cholo y chalet.

Un 'cholet', de 6 o 7 pisos, se construye en lotes de hasta unos 500 m2, en el que se distribuyen en diferentes niveles centros comerciales, canchas de voleibol y fútbol sala de césped sintético, además de faraónicas pistas de baile. El edificio es coronado en la cima por un cómodo chalet —que tiene un baño con hidromasaje— donde vive el propietario.

"¿Por qué poner una casa encima de un edificio? Representa el éxito económico de la gente. A mí me gustaría vivir en otra zona más cálida, pero aquí tuvieron su éxito y son gente de aquí. No van a vivir en una zona donde hay blancos. Aquí es el éxito y aquí lo muestran", opina Ducroc, un trabajador social que ideó el tour hace dos años.

"Solo el salón de baile puede costar unos US$200,000, que se alquila para matrimonios o bautizos por hasta US$1,500 por fiesta", acota Wilfredo Poma, otro guía turístico.

El responsable de este 'boom' de construcciones es Freddy Mamani Silvestre, inmigrante aymara de 42 años, quien de niño pastaba llamas con sus cinco hermanos en una agreste colina de Catavi.

A Mamani no le gusta mucho el término 'cholet', pero sabe que su obra es conocida así en el mundo. "Yo he roto los viejos cánones arquitectónicos y, sí, soy un transgresor", admite Mamani a la AFP.

Los salones de baile de dos pisos, capaces de albergar hasta 1.000 personas, "son una policromía de colores en degradé. Tratamos de buscar nuestra esencia, nuestra propia cultura aplicando colores brillantes", sostiene el hoy arquitecto, ingeniero y técnico en construcciones civiles.

"La Uta (casa, en idioma aymara) no puede estar estática o muerta, tiene vida, debe bailar, moverse entre la comunidad, servir a los suyos, generando interés y acumulación de capital para toda comunidad", dice el jurista y filósofo Boris Bernal.

Bajo esta idea, en la primera planta van galerías o tiendas comerciales, en el sótano canchas de wallyball —muy practicado en el país— mientras que en el segundo nivel están los salones sociales, encima una cancha de futsal con pasto sintético y, más arriba, el chalet.

"En la cultura andina decimos que todo tiene vida (…), también nuestros edificios tienen que tener vida. ¿Eso, qué significa?, que tienen que generar dinero", agrega el constructor Mamani.

Por Raul Burgoa/AFP

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