(Foto: GEC Archivo Histórico)
(Foto: GEC Archivo Histórico)

Si bien nació en Huaraz en 1922, se sentía limeño de pura cepa. Y es que había llegado de muy niño a Lima. Era noviembre de 1954, y el trovador criollo de 32 años ya gozaba de popularidad en las radios desde comienzos de esa década. Su picardía e ingenio interpretativo lo hicieron muy querido por el pueblo peruano. De esta forma, entre pensativo y expectante por su futuro, el artista paseaba en una playa al sur de Lima, cuando ocurrió lo inesperado.

Apenas despuntó el alba, el sábado 20 de noviembre de 1954, Orlando Marchessi, un alumno de la Escuela de Aviación, se preparaba para realizar su primer vuelo de práctica en una avioneta de instrucción militar, la nave PT-17. Ese era su sueño desde que ingresó a la escuela militar. Pero no iba a estar solo. Emprendería vuelo con el teniente FAP Carlos Alberto de Zela Nieto.

Todo iba bien: despegaron, la avioneta tomó altura, una rutina para el teniente y el corazón de Marchessi latía a mil por hora. Entonces algo pasó. De Zela, que volaba junto a dos aparatos similares al suyo, sintió que su máquina perdía altura, no respondía, justo cuando sobrevolaban las playas de Pachacámac, al sur de Lima.

La caída fue inevitable. Ya en medio de las aguas, el teniente lucía herido de gravedad, y antes de perder el conocimiento definitivamente apenas si distinguió al joven Marchessi que empezaba también a perder la batalla. Los gritos de auxilio de la gente que a esa hora andaba por la playa alertaron a dos personas claves en el rescate: el teniente de Artillería (EP) Luis Manrique Gamero y al cantante criollo Jorge Pérez ‘El Carreta’.

Manrique llegó primero que Pérez a puro nado, con brazadas desesperadas. Se montó en el fuselaje de la avioneta siniestrada y trató de levantar por los hombros al joven cadete que parecía agonizar en la cabina. El otro herido, el teniente De Zela ya no respondía a ningún llamado.

Cantante peruano Jorge Pérez López 'El Carreta'. Julio, 1965 (Foto: GEC Archivo Histórico)
Cantante peruano Jorge Pérez López 'El Carreta'. Julio, 1965 (Foto: GEC Archivo Histórico)

DE CRIOLLO A HÉROE

Cuando parecía que le faltaban fuerzas, Manrique vio aparecer al segundo “rescatista”: Jorge Pérez. El criollo, en paseo familiar, había visto desde la playa cómo la avioneta caía al mar. Y no lo dudó ni un segundo. Como en una especie de carrera con el militar Manrique, el trovador avanzó con buenas brazadas hacia la avioneta destrozada. Pérez era un hombre joven, de complexión recia, y en su afán se olvidó incluso hasta de quitarse completamente la ropa.

En ese momento, ‘El Carreta’ era parte del grupo “Los Troveros Criollos”; pero ni la fiestera guitarra ni el potente canto le sirvieron en ese momento. Solo su fuerza física y su voluntad de salvar una vida. Marchessi estaba fuertemente asegurado a su asiento. Debió dominar su angustia y pensar en cómo desatarlo rápidamente.

Entonces, los dos hombres, el militar y el músico, se dieron cuenta de que luchaban contra el tiempo. Unos 15 minutos duró su pelea contra las amarras del cadete. Con fuerza y maña, Manrique y Pérez pudieron sacarlo y se lo echaron al hombro. El teniente De Zela ya no respiraba… No hubo tiempo para lamentos, porque debían salvar la vida del joven en sus brazos.

Entre ambos, braceando, compartiendo el peso, lograron traerlo a la playa, donde había mucha gente esperándolos. Lo subieron a un auto y decidieron llevarlo a la Escuela Militar de Chorrillos, y de allí lo condujeron al Instituto de Sanidad de Aeronáutica. No todo estaba perdido. Podía salvarse. Pérez contaría que durante el trayecto Marchessi recuperó por breves momentos el conocimiento; lo hizo para preguntar por su instructor, el teniente De Zela, pero se volvía a desmayar.

‘El Carreta’ Jorge Pérez indicaría a la prensa que la avioneta había dado “dos vueltas en espiral mientras volaba horizontalmente y empezó a precipitarse al mar. Cayó desde unos 100 metros”. Lo último que narró el criollo, entre lágrimas de emoción, fue que cuando llegaron al Instituto de Sanidad de Aeronáutica, en San Isidro, un coronel de apellido Siles "me abrazó, me dio la mano y me felicitó por mi generoso comportamiento”.

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