Mira el piso, como avergonzado, como pidiendo perdón por no haberlo logrado. La imagen era la de un hombre derrumbado, oliendo a muerte, sudando cenizas, con las manos rudas pero temblorosas. Qué podía decir, las palabras se le habían quedado atascadas al tercer día, y así hasta el último martes, cuando se le quedó grabado el rostro de resignación de alguien que ya solo esperaba el cuerpo de su hijo, un joven que también podía ser su hijo o su hermano menor, ese que por suerte va a la universidad. El hombre, de sucio traje rojo, abandona la zona y resiste para que las cámaras no lo vean llorar. Porque los bomberos también lloran. Y lloran más cuando sienten que no llegaron a tiempo, o que quizás no hicieron lo suficiente. Pero él corrió a la primera alerta, e hizo todo lo que pudo. Se exigió tanto que por momentos parecía que la fuerza no le alcanzaría para 24 horas más. Con su sucio traje rojo, camina despacio. No quiere que le pregunten nada, no tendría valor para dar consuelo o explicaciones, profundizar en los detalles. Ya todo está consumado. Calcinado.

El héroe no se siente héroe, cómo podría sentirse héroe si cree que perdió, que en un país donde se cree en los milagros él se topó con una pared que ardía, que humeaba y Dios, su Dios o el tuyo, no estaba para abrirle paso. La temperatura en el tercer piso era de 95 grados. En los pisos superiores, allí donde debía llegar, la cifra era de terror: 888 grados, quizá un poquito más. Este héroe no quiere tener rostro porque no es uno. Fueron tantos en esta batalla contra el fuego, que algunos apenas se conocieron en plena emergencia.

Esta semana, los peruanos seguimos la desesperación y el dolor de dos familias que descubrieron con espanto que sus hijos regresaban a casa, cada noche, con algo de dinero luego de horas de estar encerrados con candados en unos containers que aparentaban ser lugares de trabajo, pero que eran la antesala de la muerte, una muerte que nadie quiso ver o que muchos prefirieron no mirar. En este Perú de oportunidades, hasta trabajar como un esclavo es una oportunidad. Eso hacían Jorge Huamán, de 19 años, y Jovi Herrera, de 21. Y mientras la galería se quemaba y un humo negro se podía ver desde la Plaza de Armas, desde el mismísimo Palacio de Gobierno, los héroes anónimos se enfrentaban a un gigante de fuego. Y cuando, al fin, al sexto día, el fuego se extinguió, las esperanzas de los padres de Jorge y Jovi ya no existían, ya habían velado en la víspera sus ropas, ya habían orado, ya se sabían el final.

Los hombres y las mujeres, con sus uniformes rasgados y manchados de polvo y ceniza, concluían la labor, quizás la más dolorosa y extenuante de sus vidas. Porque lo peor no era ir a apagar el fuego. Lo peor era saber que en esa mole de cemento que ardía habían dos muchachos esperando a un superhéroe.

La gente los aplaudía cada día. Les llegaba alimentos inesperados, desde una papa con huevo hasta un pan con queso, botellas con agua, emoliente, chicha, limonada, café, y palabras de agradecimiento.

Con sus cascos sobre el sucio pavimento, cubiertos de esa ceniza que se pega como otra piel, ellos intentaban descansar y comer de a pocos, y al mismo tiempo se preguntaban en silencio, otra vez y tortuosamente, si aún existía la remota posibilidad de que esos chicos estuvieran con vida. En el fondo sabían que ya no, pero la batalla no está perdida hasta que acaba, y cada uno de estos seis días ellos se entregaban con esperanza. La mole oscura y humeante era un horno, un horno con dos vidas apagándose. Y ellos allí, iban y venían. Héroes, les decían. Y como héroes los trataban los vecinos, los ciudadanos que llegaron de distintas partes de la ciudad, las autoridades, incluyendo el presidente. Héroes. Tremenda responsabilidad en la espalda. ¿Cómo ser héroe cuando se sale con las manos vacías y sin respuestas? Mira el piso, avergonzado. Sí, eres un héroe. Pusiste el pecho, arriesgaste tu vida, luchaste hasta el final. Te expusiste con la prudencia que enseña el oficio y la entrega que no conoce la palabra miedo o que no la reconoce en el momento mismo en que estás intentando ingresar a esa estructura colapsada.

El Perú descubrió esta semana que sus héroes no estaban solamente en los libros de historia. Resulta que los héroes de nuestro tiempo son bomberos, y que solo nos acordamos de ellos cuando ocurren desgracias como la de Las Malvinas. Somos indiferentes a estos hombres y mujeres que con sus trajes rojos y una fortaleza inquebrantable llegan a los lugares más insospechados para ayudar.

El infierno de Las Malvinas terminó. Y estos héroes, que tanto hemos elogiado, merecen que los aplaudamos, y que esta vez, otra vez, no les fallemos. Alza la cabeza, héroe. Lo que tú hiciste no tiene precio. Tu familia te espera, te abrazará, y te contará el otro lado de la historia, el que transmitió la televisión, el que salió en los diarios y en Internet. Tú les contarás la otra parte, y nuevamente dirás que no eres un héroe, que es tu vocación, que naciste para ser bombero. Y ya con la ropa limpia seguirás recordando la pesadilla y preguntándote en qué fallaste, en qué fallaron todos los valientes que ingresaron a la maldita galería Nicolini, en el corazón mismo de la informalidad de Lima.

No pidas disculpas, héroe. No te quiebres. No llores. El Perú entero sabe que te enfrentaste como león. El Perú entero sabe que no necesitabas una capa para parecer un superhéroe. Nos mostraste que para ser bombero hay que tener un amor muy grande por la vida, y por eso luchaste sin resignarte un segundo. Hasta el final, luchaste. Héroe.