Andrés Roca Rey, profeta en su tierra, llena y crea delirio

peruano convocó mucho público el sábado en la plaza de toros La Esperanza y no defraudó, mientras que Finito de Córdoba rozó lo sublime con una faena sentida
El sábado, el peruano Andrés Roca Rey salió en hombros aclamado por la multitud de La Esperanza. (Luis Herencia)

es ídolo y profeta. En el mundo como en su tierra. Y arrastra público, como una estrella de rocanrol, que acude predispuesta para aclamar su éxito. Andrés sorprende cada tarde. Rotundo, exhibe sus armas; valor de guerrero samurai y la seguridad total de quien no teme y domina siempre, gracias a una técnica que somete absolutamente las embestidas.

Le acompaña a su frescura juvenil un dominio de escena de emperador ante su pueblo. Mando y prestancia, majestad y solvencia. Torero largo que avasalla.

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El sábado tuvo tres toros y concluyente hubiera sido su triunfo de haber tenido el sexto de la tarde, suficiente transmisión junto a su calidad y acometidas lentísimas. Pero le faltó agresividad que evocara el peligro que supone ponerse a milímetros. Sí se valoró, sinceramente, su perfección. La suavidad, el temple milimétrico, su solvencia total.

Su faena grande fue a su primero con el que sedujo. Con el capote impactó con un quite por chicuelinas, tafalleras y caleserinas. Desde los medios citó de rodillas y le dio dos cambiados impecables para luego construir con la muleta su faena por ambos lados. Se lo pasó muy cerca con la derecha, embarcando y mandando sobre el de Paiján que fue bravo aunque con matices. Luego vinieron los naturales que ennoblecieron la falta de regularidad del toro por ese lado. Y con la espada estuvo implacable.

Su segundo tuvo mucho que torear. Violentas fueron sus deslucidas arremetidas y terminó rajado. Pese a ello, Roca Rey lo exprimió y cerró faena con luquesinas imposibles, casi traviesas.

Finito de Córdoba llenó nuestro corazón ante el 5to. Faena rimada que fue poesía luminosa. Con el capote toreó en el quite con despaciosa clarividencia. Luego con la muleta su composición fue un regalo para el espíritu, destinada a conmover nuestro sistema nervioso central y hacer estallar su producción de dopamina y opiáceos para así llenarnos de placer.

Finito expresaba con todo el cuerpo, a la vez que sometía las embestidas en series rematadas por bajo de manera sublime. Poco importó que no firmara su faena con la espada y perdiera el triunfo; estábamos en éxtasis.

Con el que abrió la corrida estuvo predispuesto desde el recibo. Despatarrado, comprometido, solventando cada envite con técnica explícita, “haciendo” las embestidas para luego acariciar y sostenerlas.

Su segundo tuvo las ambigüedades de la escasez de raza para embestir del tercer muletazo en adelante. Detalles sublimes quedaron escritos, aunque tampoco estuvo fino con la espada, la emoción nos había ya llevado lejos. Y es lo que perdura.


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