La señora Lola Lescano vive en Lurín hace más de 30 años y los últimos ocho los dedicó a liderar el comedor popular La Amistad. Le tocó estar al frente de este espacio en medio de la pandemia, conocer de cerca las necesidades de sus vecinos y salir adelante con creatividad y disciplina; y, encima, sin descuidar la sazón que distingue a nuestra gastronomía. Esta experiencia cambió su vida y la ayudó a descubrir lados de ella que no conocía y que pudo desarrollar, de lo cual se siente orgullosa.

Su testimonio de fortaleza y resiliencia la hicieron brillar y este último lunes recibió el premio Summum 2022 a Mejor Líder de Comedor Popular por su labor al frente de La Amistad, siendo la primera vez que se celebra dicha categoría. Encuentro gastronómico que será transmitido por Canal N, hoy a las 8 p.m. y mañana a las 10 a.m. y 10 p.m.

El comedor y su casa están ubicados en la primera etapa de la zona de Nuevo Lurín, a pocos minutos de la antigua Panamericana Sur. Antes de llegar, llamé a Lola para pedirle alguna referencia, pero ella se ofreció, en un tono amable, a salir un par de cuadras para darnos el alcance en una avenida principal. Me dijo que llevaba puesta una chompa roja para que sea más fácil ubicarla. Después de conversar con ella cerca de una hora, no me quedaron dudas: Lola es una muestra clara de que asumir nuevos retos siempre nos ayuda a crecer y que no importan la edad ni las circunstancias.

¿Qué fue lo primero que pensó cuando le ofrecieron el cargo de presidenta del comedor?

La primera vez que acepté el cargo fue por la señora Delia Iparraguirre, que en paz descanse. Ella era la anterior presidenta y me dijo: “Lola, tú vas a ser la presidenta” y yo le dije: “No, es una responsabilidad muy grande”, y en mi casa mi esposo no estaba de acuerdo por la responsabilidad y el sacrificio. “Pero tú no tienes hijos chicos, tú puedes asumir el cargo”, me dijo la señora Delia y por ahí me agarró. Y, como ella estaba delicada de salud y por su edad, en una reunión con todas las socias, me eligieron presidenta y acepté.

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Y luego de que aceptara el cargo, ¿cómo tomó su familia la noticia?

Yo ingresé como presidenta del comedor contra la voluntad de mi esposo. Él no quería porque pensaba que iba a descuidar la casa y a mis nietas, que en ese momento no estaban tan chiquitas, pero estaban en una edad difícil por la juventud. Y con la ayuda de mis hijos le dije que no, que ya había aceptado el cargo y que, para mí, era muy importante. Primero, porque iba a aprender muchas cosas, a desenvolverme y no quería defraudar en el cargo. Y lo otro, que en mi casa no iba a faltar nada, tal vez no iba a estar medio día, pero siempre tenía que estar atenta con la casa, no me iba a descuidar.

¿Su esposo en algún momento cambió de opinión?

Ya después él se dio cuenta de que no faltaba nada en casa; además, estaba aprendiendo bastante y poco a poco me fue apoyando.

Imagino que usted empezó a conocer un lado suyo que no había visto antes.

Así es. En el comedor hay mucho por compartir y aprender. Antes yo solo estaba en casa entre mis cuatro paredes, pero con el comedor empecé a conocer más a mis vecinas, a conversar, a ayudarnos mutuamente, tal vez no con dinero pero sí nos dábamos muchos ánimos. En el comedor también hay muchos casos de señoras jóvenes que tienen problemas. Entonces, nosotras estamos ahí para escucharlas y aconsejarlas.

El comedor popular también es un punto de encuentro de personas de bajos recursos y que a veces están viviendo momentos complicados. ¿Cómo vio usted eso?

Al principio me chocó un poco. Uno no conoce a veces los problemas que muchas personas sufren por cuestiones familiares, falta de comprensión en el hogar, mucha indiferencia. Yo conversaba en mi casa con mi familia para saber qué decir o a veces con la señora Delia. También le pedía a Dios que me dé sabiduría para saber qué contestar. Siempre buscaba apoyar a quien lo necesitaba.

Y en la pandemia imagino que la situación fue aún más difícil.

Fue muy difícil porque tuvimos que cerrar. Muchos de la zona empezaron a morir o a contagiarse y a nosotras nos daba pena porque sabíamos que los vecinos necesitaban el plato de comida, pero tampoco podíamos hacer nada porque estaba el riesgo de contraer la enfermedad o de llevarla a casa. Fueron momentos muy duros. Ya luego de unos meses volvimos a abrir, pero solamente era para entregar el menú desde la puerta del comedor.

¿Cuál cree usted que es el mayor aprendizaje que le ha dejado el comedor?

Me ha ayudado a conocer personas y desarrollarme también. A veces uno puede tener problemas en casa, pero, cuando llegas al comedor, tienes que dejar eso de la puerta para afuera; también me enseñó a ser más espontánea y a ayudar. Y aprendí a comer cosas que no sabía comer ni cocinar.

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Además de la pandemia, ¿cuál fue el momento más complicado que le tocó vivir como presidenta del comedor?

Cuando me enfermé y ya no podía ir. Mis hijos ya no querían que vaya al comedor, mi hijo me decía: “Mamá, tú quieres que te saquen en cajón”. Ahí fue un momento difícil para mí porque me sentía cohibida. En el momento que me enfermé, todo se me vino abajo porque mis hijos me pedían renunciar y yo les dije que no podía hacerlo, porque así como yo entré por la puerta grande, por la puerta grande tengo que salir, y así lo hice. Mi cargo se vencía el 30 de junio y ese día hicimos una reunión con todas las socias para entregar el cargo. Yo le pedía a Dios que me diera mucha fortaleza para terminar mi cargo y entregarlo a una nueva junta directiva.

Y así lo hizo…

Sí, gracias a Dios.

Después de estos ocho años, ¿qué significa para usted el comedor popular La Amistad?

Significó mucho para mí. Me ayudó, me sacó de muchos apuros. Hubo momentos difíciles, pero nunca los defraudé. Conocí a muchas personas y significó mucho para mí haber aprendido porque, en realidad, sin el comedor tal vez yo no habría sido nada. Como persona, me enorgullece haber trabajado sin ningún interés porque el comedor en realidad es una ayuda para muchas personas que lo necesitan, personas discapacitadas o que sufren de alguna enfermedad. Entonces ahí está el comedor popular, para ayudar en todo lo que se pueda.

AUTOFICHA:

- “Tengo dos hijos, cuatro nietos y un bisnieto. Soy ama de casa y no tuve un trabajo hasta que fui presidenta del comedor, que en realidad no es un trabajo porque no nos pagan, pero fue algo que asumí con mucha responsabilidad”.

- “Los comedores populares necesitan mucha ayuda, de la municipalidad, del gobierno y de las empresas. Igual, nos esforzamos para que los alimentos salgan cada día mejor. Hay muchas cosas por hacer y peor que ahorita todo está caro”.

- “Para mí, es importante ayudar porque es en los momentos difíciles donde realmente conoces a las personas y nadie está libre de nada. Siempre me ha gustado ayudar, a veces me he quedado sin nada, pero sí soy muy vergonzosa para pedir ayuda”.

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