¡Qué tremendo artista es Robert Plant! El hombre podría estar viviendo, como muchos, de lo hecho en el pasado y cobrando inmensas regalías, pero como es un artista de verdad decidió ir por el camino sinuoso y seguir creando y reinventándose disco a disco, concierto a concierto.

Y el que ayer ofreció Robert Plant en el escenario de Lollapalooza Chile fue un recital fantástico, el de un artista que jamás se permitió la complacencia.

Recuerdo que hace un par de años, un amigo me recordaba lo mal que lo había pasado en el recital que dio Plant en Lima: mi amigo había ido a escuchar a Led Zeppelin y se encontró con Plant, y ambos combos solo comparten cantante, pero son bastante distintos.

Lo bueno de "Roberto", como le gritaban ayer en Santiago, es que decidió que nunca iba a ser un cantante de covers de sus propias canciones, que él tenía que dejar libre a su creatividad y seguir haciendo aquella música que le naciese de las tripas, la cabeza y el corazón, porque solo así sería el rockero maravilloso que sigue siendo.

Por eso, la desilusión de mi amigo no tenía asidero (y por sus erradas expectativas debería ser mi ex amigo), pero, lamentablente, su comportamiento no es una excepción: en Lima casi todos van a oír a los conciertos la música de siempre, por eso tienen tanto éxito bandas que desde hace dos o tres décadas no hacen nada nuevo (y bueno).

Y las radios que pasan canciones de los 80 y 90 son las que más audiencia tienen. Somos un público facilito, poco exigente, atrasado, cuando menos, un par de décadas.

Pero volvamos a Robert Plant. El hombre tiene una banda, los Sensational Space Shifters, que se ha dado su vuelta por el mundo y se ha vuelto ducha en el manejo de instrumentos "étnicos", que tan bien han sido ensamblados a los devaneos melódicos de un Plant que ya no tiene la voz gritante de los 70, pero sigue siendo un cantante espectacular, capaz de erizarnos la piel con un agudo, con un grave, con un suspiro.

Y Robert Plant, felizmente, no se quedó en Led Zeppelin e hizo, en sus 75 minutos de show, un recorrido por su trayectoria, que por supuesto incluyó sus gloriosos años con Page, Jones y Bonham (las reinterpretaciones que hizo de Black Dog, Going to California, disculpen la emoción, me sonaron mejor que sus versiones originales), pero también supo entregarnos joyas como Watching you, de 1990, y, sobre todo, Rainbow y Turn it up, incluidas en su album del 2014 Lullaby and the Ceaseless Roar.

El cierre con Rock and Roll fue un delirio: tan conectada estaba la gente que Robert Plant, emocionado, volvió al escenario, algo que no pasa en festivales como este donde los horarios y los sets se respetan, y se mandó con ese himno por el que muchos nos volvimos melómanos, rockeros, vitales. El rock no será la música más "bonita", pero es la que más carácter (y huevos) tiene.

Ayer celebrábamos el espíritu adolescente en Jack White, un rockero de 39 años. Hoy lo volvemos a celebrar con Robert Plant, un maestro de 66 años que, si viniera por nuestro barrio, parafraseando a Hernández, no nos quedaría sino decir "qué tal viejo genio, chesumare".

Por Gonzalo Pajares CruzadoEnviado especial