Juan Carlos Fangaciojfangacio@peru21.com

Nos has matado. Nos has matado a todos, . No fue solo la espera de esos fans que te siguieron de un hotel a un hipódromo para tenerte un poco más cerca. Fue una espera más larga, esa que algunos han vivido más de 20 años, que empezó con la simpatía juvenil de los Smiths y que, ahora, ya es una leyenda para dos o más generaciones. El tiempo ha corrido muy rápido. "How soon is now, Moz?".

Pero solo Morrissey puede trepar al escenario para blandir un crucifijo y derrochar insinuaciones sexuales con la misma gracia. Solo él puede, con tanta elegancia, persignarse y rodearse de músicos semidesnudos y un guitarrista travestido. Solo él puede desatar el delirio –una y otra vez- con su First of the Gang to Die, y luego desgarrar diez mil corazones con I Know It's Over.

Anoche, en su primer paso por el Perú, Morrissey regaló ironías y bromas a su estilo. Pero también tuvo ratos cálidos, empáticos. Son los años también los que lo han hecho conectar de una forma distinta con una masa que no se guardó el cariño ni la admiración. Así funciona esa hinchada un poco "excesiva" que rodea al inglés. Ya no están los fanáticos que trepaban al escenario solo para abrazarlo, pero el furor no ha bajado ni los llantos han cesado. Lima también tuvo sus gritos y gladiolos.

Y así llegaban, además, los mensajes de un artista más comprometido, que se ha tomado en serio el problema en , que dispara contra la ONU, que insta a la paz. Y también los mensajes –estos más complicados para congraciar- de su férrea defensa animal y del vegetarianismo combativo que esgrime con impactantes videos que acompañan su manifiesto personal llamado Meat is Murder.

Quizá no se mencione mucho lo estrictamente musical, pero ¿qué más se puede decir de Tal vez destacar la magia en vivo que le cargó a I'm Throwing My Arms Around Paris o el regalo especial que le hizo al Perú con la fantástica Sheila Take a Bow, nunca tocada en esta gira y, probablemente, en muchos años.

Y así se empalmaron, como en un sueño inigualable, There is a Light that Never Goes Out con Let Me Kiss You; Please, Please… con Everyday is Like Sunday. Y de la mejor canción de la noche, Speedway, serán inolvidables sus silencios prolongados y angustiantes, su dura y sufrida lírica que arranca con el ruido de un motor y nos arrolla sin piedad. Insuperable.

Anoche fuimos todos un poco miserables, pero terminamos felices. Esa contradicción eterna, que Morrissey y los Smiths convirtieron en apostolado, sigue funcionando. Y cuando coreamos sus canciones, le cantamos también al dolor de la desazón que siempre abrazamos. En el fondo sabíamos que algún día iba a pasar.