Juan Carlos Fangacio

¿Cómo no sonreír y disfrutar con Como , Scorsese realiza un doble viaje espacio-temporal: se desplaza a Francia y se traslada al pasado, a las primeras décadas del siglo XX. ¿Será nostalgia? ¿Amor a la luz? ¿Al arte? ¿Será que nuestro presente veloz, este XXI digital e interconectado, ya no les incita emoción? Quizá. Lo cierto es que ante esa falta de toque humano, ambos abrazan París como representación de magia, calidez y emoción.

Scorsese ha dicho que su más reciente filme es también un reflejo de su vida. No es difícil pensar en un prospecto de cineasta cuando vemos la soledad del niño que se refugia en las películas. Pero no es solo eso. Lo que hace Scorsese es declarar su admiración a todo el cine. No solo al de , presente como personaje y motivación principal. Desde los Lumière hasta Chaplin, de Max Linder a Robert Wiene, todos tienen un espacio merecido en esta pequeña gran fiesta. Los guiños y la referencias también abundan. Y está, además, lo menos obvio, la influencia invisible, la herencia de los grandes maestros que Marty lleva en la sangre y la traduce en su actitud de cara a lo que significa el séptimo arte en tiempos de grandes cambios (o de pocas novedades).

Hablemos, en este punto, del 3D. La primera experiencia de Scorsese con este formato tiene momentos deslumbrantes, de una magia no vista antes. Y es que, nuevamente, como hizo Méliès en su época, Scorsese sabe que no está inventando nada. Toma la invención de otro (la invención de los Lumière, la invención de Hugo Cabret) y la explora, la pule, la lleva a un nivel superior. El director es aquí un artesano disciplinado, pero perfeccionista, y provisto de todas las herramientas y los recursos para expresarse de una manera distinta a lo que ya conocemos.

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