Parece que el arte magnificara a las personas, pues cuando lo veo ingresar en la sala de su departamento tengo la impresión de estar frente a alguna deidad. (Jauja, 1933) saluda con cortesía y se dirige hacia el sofá. Aunque el invasor soy yo, se le nota algo intranquilo más aun cuando se percata de la cámara de video que tiene al frente. Sin embargo, cuando empieza la conversación se olvida de ese aparatejo y las palabras empiezan a fluir. Se acaba de romper el hielo.

¿Es usted, como dijo un crítico, un amante de la música que se ha abocado a la literatura?Sí, efectivamente. En mi infancia me dedicaba aparte de la literatura a la música. Aprendí a tocar el piano y ese amor por la música me ha durado toda la vida.

Incluso comentó que alguna vez postuló al Conservatorio de Música.Sí, pero luego advertí que para la música se necesitaba haberse iniciado mucho antes, entonces me dediqué solo a la literatura.

¿Y cómo surge usted su vocación por la escritura?Mi vocación por la literatura no sé si será una cuestión genética, del ambiente en que viví o de mi familia, pues sobre todo mi hermano y mi abuelo materno eran amantes de la literatura. Había libros en la casa, se apreciaba la lectura y en esa época no había la televisión que tanto ahora abstrae la atención de los jóvenes, y uno se distraía con la literatura y con el cine.

Decía usted que se inició en el cuento cuando era un escolar, ¿recuerda qué edad tenía cuando empieza a escribir?Más o menos que yo tenga presente, en tercero o cuarto de media me publicaron un cuento en la revista del colegio, y el profesor de literatura, que era una persona muy versada, le puso una breve y elogiosa nota introductoria a ese cuento que se titulaba La cruz de piedra.

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